La primera vez que escuché la palabra “Minga” fue este verano en un pueblo llamado Tangua, al sur de Colombia en la provincia de Pasto, Nariño. Yo participaba en la “Ruta Inka 2009, hacia el Santuario del Joven Poderoso” y aunque no la volví a escuchar, para mi ha quedado muy claro su significado y además he visto reflejada ese gran valor a cada paso hacia adelante que dábamos en esos 40 días de travesía por los paisajes andinos de Colombia y Ecuador.

Supongo que, al igual que mis compañeros de ruta y yo, en un principio, no sabrán que es una Minga. Pues, de forma sensilla y breve significa: “celebración de amor, de vida, lo que reúne y aglutina para hacer un trabajo en conjunto” , en quechua es “minka”, su origen, en qué otro lugar la podía conocer si no era en su contexto natural, donde se habla y existe el legado de esta lengua.

Por si no les ha quedado demasiado claro o quieren ejemplos, están ante una buena oportunidad para descubrir esta gran palabra, que para mí es equivalente a la Ruta Inka que he vivido.

Empiezo por ese día que llegamos, como ya he dicho, a Tangua; un pueblecito hermoso del que no sabíamos de dónde podía haber salido tantísima gente, tan alegre y feliz a recibir a un grupo de 40 jóvenes expedicionarios. Y es que nada más llegar ya tenían preparados sus carros de madera sin motor de sus típicas carreras, algo tan popular allí e importante, que no dudaron en sacarlos para nuestro disfrute. Luego, tras la gran bienvenida, nos dirigimos todos en chiva, banda de música incluída, hacia las barriadas, donde en cada parada nos esperaba un gran grupo de niños con sus banderitas naranjas y bailaban para nosotros, o nos recitaban poemas, e incluso tuvimos la oportunidad de ver una representación de teatro en San Felipe, a la vez que podíamos pasear en caballo junto al río o degustar las riquísimas empanadillas caseras que prepararon para la ocasión un grupo de queridas señoras. Y claro, si todo lo organizaron en Minga, si cada   vecino de ese increíble pueblo hizo el gran esfuerzo de trabajar y organizar en grupo ese día para nosotros, pues como buena minga se precie, ese trabajo y dedicación se convirtió en una fiesta, en un día donde todos nos sentimos Tangua y comimos de la misma mesa que los tangueños, y donde bailamos todos juntos la Guareña, baile típico de ritmo pegadizo y fácil de aprender hasta bien entrada la noche: mujeres solteras con jóvenes ruteros, bailarines con las ruteras, organizadores de Corpotur Nariño con los más pequeños, y todos con todos hasta que aguantó el cuerpo. Y esa noche, cansados todos, no dejábamos de sonreír y pensar en el gran esfuerzo que Tangua hizo para darnos un día lleno de adrenalina, alegría y mucho amor sobre todo, que era lo más valioso que nos pudieron ofrecer.

Tangua fue un gran ejemplo de Minga, para el cual todo un pueblo se reunió al llamado, se movilizó y lo organizaron de tal forma que aquello fue una auténtica fiesta para todos.

Pero las Mingas no sólo están para trabajos en comunidad y para que de forma conjunta se hagan mejor y más rápido las cosas y no lleguen a suponer un cansancio. Yo pude ver Minga en la fiesta local del poblado indígena “La Esperanza”, en Ibarra, Ecuador. Esta fiesta nos sorprendió a todos por sorpresa, valga la redundancia; cuando pensamos que nuestra jornaba había terminado ese día, vimos que no podíamos avanzar con el autobús porque había muchísima gente en la calle bailando en círculos y cantando pero con gallinas en las manos y a la vez muy guapas y guapos todos con las coloridas faldas y esos pantalones tan varoniles hechos con cuero y piel de llama.

Claro estaba, bajamos del autobús y a los diez minutos todos introducidos en la fiesta de La Esperanza, y al igual que el resto, para no destacar demasiado, con gallina en mano y bailando en círculo. La música, las vestimentas, el trago, todo era entendible para nosotros en ese jolgorio de las fiestas de San Pedro y San Juan, pero por qué las gallinas. Cada vez había más gallinas y atadas a palos que los hombres soportaban de forma muy entusiasta, y pronto vimos que  depositaban las gallinas a un señor que decía: “muy bien, nos traen diez gallinas” y al rato ese mismo señor les decía a otro grupo: “tres os lleváis, nada más que tres, no queréis cuatro y un castillo” y nosotros mucha fiesta y mucho bailar pero realmente no entedíamos nada hasta que se nos explicó que si un año un grupo se lleva un ave, al año siguiente tiene que devolver dos, así hasta doce, por lo que sólo te puedes llevar un máximo de seis gallinas.  Y claro una cosa es la tradición y la fiesta y otra cosa es de dónde viene ese acto, y nosotros sólos, los últimos en abandonar aquel festejo, un grupo formado por un brasileño, dos polacas, un colombiano, una inglesa, una peruana y dos españolas; comprendimos y deducimos la importancia de compartir y lo bueno que es ofrecer gallinas a aquellos que ese año no las tienen para que puedan festejar como el resto su San Pedro y San Juan y todos satisfechos.

Y por último podemos hablar de otro pueblo como es Surcal, en el Cañar, poblado también indígena en un 70% de población y en el que se trabaja para un día a día más unido y compacto entre sus ciudadanos. De Surcal se puede decir que fue un día de compañerismo, otra de las cualidades de la Minga. Si el día empezó bien, mejor acabó. Recuerdo esa imagen de Jessica, de Inglaterra recorriendo las veredas y los caminos de la localidad agarrada de la mano de unas seis niñas, sin soltarse en ningún momento, escuchando sus historias. Ya más tarde todos juntos, los niños, padres, vecinos y ruteros, disfrutamos de aquella gran “pampamesa” en el campo y no podían faltar más tarde los juegos con los niños, donde no se sabía quiénes se divertían más, si ellos o nosotros mismos recordando los juegos de la infancia. Los que no jugaban, tacaban la guitarra con los mayores y cantaban   juntos, o simplemente conversaban…allí nadie se aburrió, y normal, porque todo ese trabajo de preparar la comida para tanta gente, llevarla hasta allí y organizar luego en la noche una pequeña fiesta con música típica ecuatoriana y reunir a tanta gente de tan diferentes edades acabó siendo otra celebración para todos.

Pero si les tengo que hablar de la auténtica Minga, de la que más  aprendí  y por la que todos nos hemos esforzado y seguimos trabajando para ver cumplidos unos sueños, un trabajo costoso y una obra social, les tengo que hablar de la propia Ruta Inka 2009, la que me dio la oportunidad de escuchar esa palabra que tanto les he repetido ya y la que me enseñó y lo sigue haciendo cada día su importante valor.

Ruta Inka es la gran Minga porque todos acudimos a su llamado, ese que la Asociación Ruta Inka hizo y todos fuimos sin saber exactamente a qué pero con muchísimas ganas, todos por una labor social. Y empezó todo, poco a poco nos fuimos concienciando  de la importancia que tiene este trabajo que es Ruta Inka y de reconocer a las culturas y pueblos indígenas por lo que pasa y convertirnos en sus embajadores. Pronto conocimos el valor de compartir, al igual que como en una Minga, donde las familias llevan alimentos para una mesa en común, nosotros nos dábamos lo que teníamos y más, un fármaco, agua, chocolatinas, panela, ropa para soportar el frío durante las caminatas hacia las lagunas…

El compañerismo en la Minga también es imprescindible, porque cuando había que andar y alguien se quedaba atrás siempre otro lo esperaba y animaba, y cuando tuvimos que atravesar el riachuelo La Serpiente andando, cerca ya de Ingapirca, nuestro compañero Javier, de Ecuador, se ofreció a llevar a muchos a hombros y no le importaron las veces que tuvo que cruzar el río descalzo.

Algo muy desarrollado también fue el sentido de colaboración, en momentos como en visitas a orfanatos donde todos aportábamos lo que sabíamos y nuestra compañía  para que esos niños disfrutaran de una tarde diferente.

Y con todo el trabajo en equipo, organizando, por parte de la Asociación como de las diferentes instituciones y los ruteros, se lograban cosas en muy poco tiempo y disfrutando haciéndolas. No olvidaré como en apenas una hora de reunión en las oficinas de la Marina, en Quito, pudo salir organizada toda una semana de Ruta, yendo a Manta, logrando los barcos para alistar las ballenas jorobadas en el Pacífico y recorrer la Costa del Sol hasta llegar a Salinas.

Y claro, cuando se trabaja en Minga, se logran objetivos,  la Ruta llega a su punto final, Ingapirca, todos nos sentimos orgullosos de lo vivido y lo trabajado, pues Ruta Inka somos todos, municipalidades, organizadores, ejército, universidades, guías turísticos, vecinos y ruteros. Y todos felices y contentos y más cuando todos trabajamos por algo importante que si bien no representa un importante esfuerzo físico ni se hace en unos días, es algo por lo que todos estamos, tanto antes de empezar la ruta, durante y después, luchando. Eso es Ruta Inka y ha sido mi Ruta Inka 2009,  un trabajo en grupo que además de no suponer ningún esfuerzo se convirtió en una auténtica fiesta y celebración diaria de amor hacia la gente y la tierra, a países como Colombia y Ecuador y hacia mis compañeros, cada uno de un país diferente, de una cultura distinta y a la vez muy parecidas a veces y con una cosmovisión, en momentos totalmente opuestas, de los que también he aprendido mucho, gente que ha enriquece bastante mi aventura.

Por todo esto y muchas cosas más, imposibles de reflejar en un papel o con las que estaría horas y más horas narrando aventuras, curiosidades e impresiones, seguimos trabajando  con el mismo ánimo, tras haber terminado nuestra travesía, por y para esta Asociación, difunciendo la cultura indígena y sus tradiciones, como sus embajadores. Para que todos juntos podamos lograr esos objetivos, la ilusión de un mundial reconocimiento de esas sendas del “Quapac Ñhan” y para que muchos ruteros más y por muchos años tengan la oportunidad de descubrir qué es una Minga; no olviden el valor que conlleva y su importancia, pues sin Minga, Ruta Inka no sería posible.

Inmaculada Sánchez Trejo (España)

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