“You may say I’m a dreamer
But I’m not the only one
I hope someday you’ll join us
And the world will be as one”
The Beatles – Imagine
Fueron 40 días de viaje, de aventuras, historias y descubrimiento. Fueron 40 días de los 7600 días que llevo existiendo. Representa aproximadamente el 0,52% de mi vida, parece insignificante, ya lo sé. Pero ese 0,52% de vida que pase junto a la Ruta Inka marcaron el resto. Y sé que al final de mis días cuando tenga que re-ponderar los momentos más importantes, la Ruta representará un porcentaje muy alto. Porque, un mes después, cuando ya asimilé el volver a casa, el volver a la rutina, ya acepté que no puedo cambiar de ciudad cada dos 2 días. Ahora, cuando recojo algunos frutos, me doy cuenta de lo importante que fue esta experiencia.
No pretendo relatar exactamente lo que paso en los 40 días, porque no me alcanzarían las palabras. Los paisajes maravillosos que vi tanto en Colombia como en Ecuador, aquellos lugares que la naturaleza los lanzo al azar en el mundo o aquellos que el propio hombre pudo construir con tanta habilidad. Estar en la ciudad mitad del mundo y darme cuenta que si existe el norte y el sur.
La cultura ecuatoriana nos enriqueció y pude sumergirme en ella. La diversidad que existe en todo el país, pasar del frio seco de Tulcan, al calor de las playas de Manabí, luego a la humedad de
la amazonia de Pastaza y nuevamente al frio en Cañar, donde encontramos nuestro destino.
Aproximadamente a los 20 días de ruta sucedió algo que me hizo entender porque hacemos la ruta Inka y cuál es nuestra misión como ruteros.
Una tarde de domingo, a diferencia de muchasciudades del mundo, el centro de Quito estaba lleno de personas. Ancianos reunidos en la plaza principal conversando, grupos religiosos que acaparaban la atención de quien pasaba, personas que cantaban en las calles. Niños y adultos disfrutaban de la ciudad. Ahí estábamos nosotros, cinco ruteros: Gustavo (Argentina), Pepe (Chile), Rocío (España), Panchito (Colombia) y, obviamente, yo.
Recorrimos esas calles que además del desarrollo y modernidad que muestra la ciudad, refleja toda su historia. Casas coloniales con flores en los balcones, las Iglesias, algunas calles eran estrechas, podía imaginar que por ahí pasaban carrozas y ahora, cabe solo un puñado de personas.
Encontramos una pelota amarilla en un centro de juegos infantiles. Era una pelota común y corriente. Una esfera amarilla, de plástico barato y algo desgastado. Inesperadamente Panchito dejó caer la pelota al suelo y con un ligero golpe se la paso a Gustavo. Quien sonriendo se la paso a Rocío, que no pudo atraparla – nunca fue muy hábil – pero, Pepe no podía permitir que se pierda nuestro nuevo juguete, y corrió a atraparla, la pateo con fuerza y sin rumbo. Inmediatamente un total desconocido la atrapó y la volvió a golpear; caminamos por las calles jugando, veíamos como las personas corrían de un extremo a otro para participar pateando nuestra pelota amarilla.
La pelota paso por niños, niñas, señores de corbata, ancianos que se mantenían sentados en la banca de la plaza, solo estiraban la pierna para pasarnos la bola, y señoras que parecía que no habían jugado con un balón hace mucho tiempo. Esa pelota amarilla saco sonrisas y transformo un domingo normal.
La llamamos “La pelota de la paz” porque logró que individuos que nunca se habían visto antes se integren con un mismo fin. Al igual que la Ruta Inka logró que jóvenes de todo el mundo, totalmente desconocidos entre sí, con diferentes idiomas, ideas, educación, religión, y distinto estilo de vida nos unamos con un único fin, ser embajadores de los pueblos latinoamericanos. En esos momentos es cuando uno se pone a reflexionar ¿Cómo algo tan simple puede lograr tanto?
La Ruta Inka nos da la oportunidad de ser una “pelota amarilla” e ir de lugar en lugar tocando corazones y haciendo distinto el día a día. Cuando pasé por Funes (Colombia), tuve la oportunidad
de acercarme a los niños y niñas del lugar, contándoles fantasiosas historias, corriendo por las calles y jugando. A pesar de que ese día me sentía muy enferma, sé que logre alegrarlos con mi entusiasmo. El padre Francisco en agradecimiento por haber sido “buena” con los niños me obsequio un sombrero, “mi sombrero de vaquero”. Pero, quien quedo plenamente agradecida fui yo, porque los niños y niñas de 5to grado me recordaron porque aun tengo tanta fe en la humanidad. Mi sombrero legendario me acompañó durante toda la ruta y, aun lo tengo en mi habitación ya que representa un vínculo con las pequeñas personas de grandes corazones y mucha picardía que conocí y espero volver a encontrar.
Fui lanzada a un gran reto: subir al Cotopaxi. La audacia me ayudo bastante, pero sobre todo el compañerismo entre los ruteros. Sí llegamos a la cima es porque nos mantuvimos unidos. Ver tal belleza natural hizo que el frio, el cansancio y el hambre se nos olvidaran. Los glaciales, el cielo, el Cotopaxi en toda su plenitud era maravilloso.
El destino me llevó rodando a un orfanato, donde compartimos con niños que necesitaban mucho cariño. Les dimos toda nuestra energía y amor, quizás no haya sido suficiente pero de ha poquito se logra el cambio. Ahí pinté una mariposa en el rostro de una niña, con alas enormes y muchos colores. Quizás si la vida se comporta algo justa, estás alas la llevaran lejos y su vida se llenara de tonalidades.
Siempre fui una persona algo perezosa. Pero con los retos que atravesamos en la ruta, no había tiempo para la flojera. El “Camino del inka” o “Inganan” fue el desafío más grande. Partimos de la laguna de Culebrillas en la provincia del Cañar rumbo al santuario del joven poderoso, rumbo a las ruinas de Ingapirca. Fueron 3 o 4 horas de caminata, hacía frío y llovía esporádicamente. El terreno era pantanoso, recuerdo que teníamos que caminar con mucho cuidado porque podías caer en un charco. Ahora que lo pienso, para que tanto esfuerzo, si al final todos terminamos empapados. Fue difícil, lo admito, pero cuando estaba a punto de desertar me decía a mi misma: “llegué a la Laguna Verde en Tuqueres- Colombia, subí al volcán activo más alto del mundo el “Cotopaxi”, me lancé de 156 metros de altura haciendo canopy en Mindo, salté dos metros dentro de una cueva, me puse una boa al cuello, bailé durante toda la ruta, pasé días sin dormir, sin ducharme y no voy a terminar el
Camino del Inka. ¡Imposible!”. Descubrí que la determinación nos puede llevar más lejos de lo que creemos.
La vida nos da sutiles golpes y el destino nos lleva a lugares que jamás hubiéramos imaginado, y es cuando toca preguntarnos: ¿por qué? Todos tenemos una misión, la Ruta Inka simplemente es un facilitador de sueños y esperanza.
No pasemos desapercibidos, si la pelota amarilla nunca hubiera salido de aquel parque infantil, no hubiera podido robar sonrisas a adultos, jóvenes y niños; no hubiera podido unir a completos desconocidos. Si nosotros como jóvenes y ruteros no nos aventuramos a salir un tiempo de nuestros hogares, no podremos hacer grandes ni pequeñas cosas, no podremos crecer como individuos y ni como sociedad integral.
Se estarán preguntando: ¿Dónde está ahora la pelota amarilla?, pero es algo que yo no puedo responder. La gravedad la llevo a estancarse dentro de un portón y no pudimos recuperarla. Supongo, que un día alguien abrió la puerta y la levantó, se la dio a alguien más, probablemente, a un niño. Ese niño jugará y luego la perderá de vista. Nunca sabremos su destino final, pero si podemos estar seguros que todas las “pelotas amarillas” del planeta, están acá para contribuir positivamente a la sociedad. No es tan difícil hacer un mundo mejor.
¡Gracias Ruta Inka 2009!
Sarah Tamayo Isaías (Bolivia)

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