Colombia es pasión y yo quede apasionada por esa tierra. Los pocos días que estuvimos allá fueron realmente intensos. La idea de esa Colombia peligrosa desapareció inmediatamente al pisar esa hermosa tierra que nos acogió tan afectuosa y amistosamente. Colombia es la alegría de su gente, es fiesta, es baile, es pasión. La emoción con la que fuimos acogidos fue un sentimiento que no puedo describir, ese afecto y esa atención tan singular hiso de Colombia nuestro hogar de una semana.
El encuentro. ¡Que viva el carnaval de blancos y negros! Vivir una tarde de carnaval fue la forma precisa para encontrarnos. A pesar que aún no nos conocíamos fue como si ya lleváramos una vida juntos. Reímos y bailamos como grandes amigos en una fiesta y fue cuando pensé que el tiempo que iba a pasar con los ruteros iba a ser inolvidable. Un momento tan feliz entre tanta algarabía, el juego de pintarnos los rostros de negro, bañarnos de espuma mientras la música acompañaba con sabroso ritmo nuestras risas que se mezclaban con la emoción del inicio de la aventura.
De la mano de ese sentimiento grato de conocer un pedacito de Colombia iban nuestros primeros días de ruta y los compañeros que día a día empezaríamos a conocer. La tarea inmediata de la ruta es tratar de aprender los nombres de todos los ruteros-qué difícil resulta, sin embargo, ahora son nombres que nunca olvidaré. Al comienzo es una tarea ardua y tu nombre es lo que más repites con la intención de amilanar esa sensación de ser unos completos extraños que tendrán que aprender a convivir como hermanos, que fácil resulta luego, cuando a medida que pasan los días descubres la personalidad de cada uno. Al comienzo todos fuimos un montón de desconocidos y las primeras impresiones resultan al final erróneas
En los primeros días nos invade la sensación del niño incansable. Canto, baile y caminatas eran actividades de todos los días y nuestro cuerpo respondía enérgico, porque siempre queríamos seguir. Mientras tanto empezábamos a compartir curiosos momentos y a intercambiar profundas conversaciones como si de mejores amigos se tratara. Lejos de aquí hay algunos amigos que saben algo de mí y también yo sé algo de ellos, y aunque muchos nos perderemos la continuación de nuestras historias siempre estará el mejor recuerdo que tenemos de ellos.
Nuestra primera caminata. Aunque esas personas que me ayudaron a subir el camino a la laguna de Yaquanquer- un pueblo en Pasto, Colombia- tal vez nunca lean estas líneas siempre agradeceré la grata compañía que fueron en esa difícil cuesta arriba porque nunca me abandonaron y gracias a ellos llegue a la meta. Uno de nuestros primeros momentos de esfuerzo físico pero muy gratificante porque empezábamos a conocer el sentido de la ruta. Pueblos afectuosos nos recibían con emoción- parecíamos ser personajes famosos porque la gente nos acogía casi como si lo fuéramos-, para demostrarnos la calidez de su gente que a veces quedaba demasiado grande ante nuestro agradecimiento.
Tangua – cómo olvidar Tangua- fue una experiencia inolvidable. El paseo por todos esos pueblos subidos en la chiva, recuerdo esa imagen y cómo añoro ese momento. Me faltan palabras para describir lo que fueron esos lugares y esa linda gente y ante eso sólo me queda decir gracias Pasto fuiste realmente increíble. Gracias Colombia; ahora entiendo porque el riesgo es querer quedarse y aunque no me quedé tengo la esperanza y las ganas de volver.
Tristes dejamos atrás Colombia y cruzamos la frontera con la ansiedad de saber lo que nos esperaba. Aun nos quedaban más de un mes por delante y muchas aventuras también. Ya se habían empezado a forjar buenas amistades y nos empezábamos a conocer más. Ahora ya sabia de memoria mas de la mitad de los nombres y nos convertíamos en una hermandad.
Ecuador fue aventura. Hermano país que conocimos en su diversidad. Increíble era cuando un día hacíamos de todo para mantenernos calientes cuando el frio congelaba nuestras manos y de pronto al día siguiente, después de unas cuantas horas de viaje en el bus, sentíamos el inclemente calor que nos acogía al llegar a otra ciudad. Cada ciudad, cada batallón, cada paisaje, cada camino- incluyo anecdóticamente al capitán Camino en Ibarra que originó una de las mas peculiares situaciones de la ruta, cuando se dijo en la televisión ecuatoriana que éramos un foco de la gripe AH1N1-, cada día en Ecuador fue toda una experiencia. Días intensos que compartíamos que nos hacían crecer en amistad.
Más que convertirnos en compañeros de ruta es lo que se puede lograr cuando se emprende el camino de la expedición, porque lo se logra son amistades que durarán para siempre. Miles de experiencias adquiridas y momentos que marcaron nuestras vidas. Por eso, puedo decir con firmeza que la Ruta es integración, es hermandad, es ejemplo; porque nuestras diferencias raciales, demográficas, de idioma o las diferencias de cualquier índole que entre países exista se reducen al enorme cariño que entre los ruteros puede surgir. En la ruta somos uno o, mejor aún, una sola familia que camina junta por los senderos del sol.
Las mil y una de la ruta. 40 días y 40 noches se convierten en interminables si se trata de plasmarlos en una redacción. Es casi imposible pensar en escribir todo lo que se vive en la ruta en una sola crónica, porque cada día de ruta es una crónica. Sin embargo, intento en estas líneas contarles lo emocionante que fue la Ruta e imagino que mis amigos hacen lo mismo en sus líneas.
Despertar a las cinco o las seis de la mañana, el rutero siempre esta preparado para una nueva jornada, pero despertar con las voces militares de Wilson y Vitor – mis hermanos de Ecuador y Brasil- diciendo una de las frases célebres de la Ruta: “levantarse reclutas, desayuno a las siete”, se convirtió en lo más estricto que he tenido al levantarme y como no mencionar que me costó acostumbrarme a despertar de esa manera. Pero, pensar en lo que nos esperaba ese día nos motivaba a salir de nuestras calientitas bolsas de dormir y prepararnos para la nueva jornada.
En la ruta todo se comparte o en la ruta todo lo mío puede ser tuyo. Las necesidades básicas se convierten en necesidades de todos. Cuando en la ruta necesitas algo sólo pregunta porque siempre hay alguien al rescate. Y no puedo dejar de mencionar otra de las frases de la Ruta: “Quien tiene el papel higiénico tiene el poder”. Hasta el baño se ve reducido a compartirlo con los demás, pero en la ruta todo queda en familia. Nunca había visto una ducha con tantas naciones juntas. Pienso que estas cosas y más es el motivo por el cual en nuestra relación de frases célebres de la ruta 2009 encabeza la frase anónima “en la ruta todo puede pasar”, porque cada día en la ruta puede suceder algo inesperado, anécdotas hay muchas que contar y siempre alguien se inventa algo que resulta gracioso e inolvidable.
Ni el bus escapa a las aventuras de la ruta. Nunca un bus había cumplido tantos papeles; el bus se hiso para transportar pasajeros, pero en la ruta un bus se transforma en tendedero de ropa y hasta en bus parrandero, además, un testigo silencioso de las profundas conversaciones de los ruteros.
Cada día parece que la mochila se hace más pesada y cada día también es un intento por querer que todo entre en esa mochila que resulta tan pequeña, Al final hasta deseas meter a alguien en esa mochila cuando llega el momento de despedirse o cuan pequeña resulta cuando deseamos llevarnos todos los recuerdos a nuestro paso por la ruta.
Cómo olvidar aquellas tiernas sonrisas de los niños a quienes fuimos a visitar. Compartir con quienes les falta un hogar nos hiso crecer más como amigos. Esa experiencia de dar a otros fue uno de los mejores momentos de la Ruta. Aún recuerdo cuando un tierno niño llamó mamá a una de las chicas, cuando César se convirtió en caballo para jugar con los niños, cuando Alex hiso dinámicas para los niños, cuando nos inventamos unos juegos para entretenerlos, cuando fuimos tan niños como ellos para poder comprenderlos.
La alegría de las chicas, los chistes de los chicos, la locura de unos y la seriedad de otros complementa todos los momentos en la ruta. Cada uno siempre tiene algo que pone como un ingrediente al día a día de la ruta. Así es como descubrimos en cada uno a su país, por que es como si en cada uno de los ruteros conociéramos el mejor pedacito de cada país. Tal vez me sea difícil ir a España o a Paraguay o cualquiera de esos países hermanos, pero conocer a estos chicos es como si ya lo hubiese hecho, porque en ellos hay cultura, hay historia, hay costumbres, hay tradición.
Si pudiera seguir mencionando cada parte o momento de la ruta les aseguro que no terminaría de contarles al detalle nuestra aventura. Después de todo sé que no basta con decirles que la experiencia es más que increíble hace falta que la vivan, hace falta que tenga la experiencia de la Ruta Inka para que luego puedan compartir con todos lo buena que es esta experiencia. No me queda más que agradecer a todos los de la Ruta, a mis compañeros y a quienes hacen posible este sueño, gracias a la ARI y a quienes apuestan por la Ruta Inka.
Por Maricella Cánova Valladolid (Perú)

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