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Aventura Ruta Inka 2009, una ilusión, un sueño que nació en mayo de este año y que se convirtió en realidad poco tiempo después. El destino Pasto, Colombia; mi ubicación Trujillo, Perú, lugares tan lejanos pero ya teniendo la carta de aceptación en mano y a medida que pasaban los días, estos se iban acercando más.
Por primera vez en mis 19 años dejaba atrás por 40 días familia, amigos, estudios, todo; y me embarcaba rumbo a una aventura que sabia iba a colmar todas mis expectativas y cambiar mi forma de ver la vida, definitivamente ya no iba a ser la misma.
Unos días antes de comenzar la ruta, ya estaba ansiosa por empezar esta travesía. Con una mochila llena de cosas y mucho mas grande que yo, con la nostalgia de dejar todo atrás pero con la alegría de comenzar la aventura de llegar a Colombia; salí de mi casa, de mi ciudad y de mi país.
Ya en la frontera con Ecuador, con un pie fuera del país que nunca pensé dejar, nos encontrábamos cinco chicos peruanos que por primera vez se conocían y que éramos similares en muchos aspectos, buenos solo uno –la gran mochila que llevábamos- y que atraía la mirada hacia nosotros a donde sea que fuéramos.
Puesto de migraciones, un sello, un pasaje a Quito y no hubo más señal en mi celular; mas un sentimiento extraño no antes conocido apareció. ¡Ya estaba fuera! Doce horas después, mucha hambre y poco tiempo así como un desayuno veloz y el desconcierto de no saber donde estábamos; así comenzó nuestra primera travesía: llegar al punto de encuentro a tiempo. Otro pasaje a Ipiales, 5 horas mas y sin almorzar; ya por la tarde dejábamos Ecuador. Adiós y gracias por su visita a Ecuador se leía llegando a la frontera mientras que otro inmenso cartel a lo lejos nos daba la bienvenida: Bienvenidos a Colombia. Otro país que cruzábamos, un paso más cerca o más lejos, daba igual ahora sí estábamos seguros que esto era una realidad. Ruta inka ya pronto llegamos.
¿Dólares? No más ¿Pesos? A cambiar ¿Tantos ceros? ¿Por qué? Cambio de monedas, que mas da tan solo queda practicar la división y la multiplicación. Y sin pensarlo en nuestra mano el ultimo billete con destino a Pasto, 5 horas y media en uno de tantos buses que llamaban para captar nuestra atención. Un camino tranquilo nos dijeron por ahí, tantas vueltas que sentí me hicieron opinar lo contrario; gente amable nos encontramos en el carro, las vueltas y el camino difícil se perdió en una amena conversación con una señora colombiana y sus 3 hijos. Ya de noche, nos anunciaron la llegada hacia la ciudad de Pasto ¿Dónde estaban los demás? Eran las 8 de la noche y en medio de la
carretera no había nadie. ¿Dónde queda chapalito preguntamos? Unos pobladores que pasaban por ahí de milagro nos dijeron, ahí donde están parados. Miramos consternados a que se refería, OH sorpresa era una pequeña montaña que en su entrada anunciaba el cuartel militar a tan solo un kilómetro, pero de subida. Bueno dijimos, ya cruzamos 2 países y viajamos muchas horas, recorrer este tramo ya no es nada, que equivocados estábamos, con la oscuridad y lo empinado que estaba mas el típico temor de no saber porque no había nadie mas, nos llevo a a pensar que estábamos en el lugar equivocado; de todas maneras proseguimos. 20 minutos después sin nada mas que ilusiones y un evidente cansancio, llegamos a la cima; militares desconcertados nos recibieron, de ruta inka no sabían nada, y ahora que hacemos nos preguntamos. A
explicar nuestra misión procedimos y una alegre plática se estableció, pero a adonde tenemos que ir sino nos preguntamos. No revisar nuestro correo hizo que esta ruta empezara como debía ser, con una aventura y una anécdota que contar.
El verdadero punto de encuentro, Batallón Boyacá, muy amables los militares nos recibieron con todo cariño. En este hermoso lugar en el centro de la ciudad nos hospedamos los días que permanecimos en Colombia. Los chicos dormían con los militares, las chicas en un lugar aparte; agua caliente camas con tablas movedizas, mucho frío pero ahí en esa misma habitación, veinte chicas con distintas cosas por contarnos estábamos ya juntas. Pizza mas gaseosa nuestra primera cena, nada mas rico como comida compartida con personas que no conocía pero que pronto estaba segura no iba a querer separarme de ellos.
Un discurso de bienvenida por parte del artífice de este proyecto, Rubén, cortas pero sabias palabras, de una persona que luchó por hacer esto posible pero que a pesar de todo y logró realizar un año más esta embajada llamada ruta inka. A su costado estaba Gisela, la representante de Corpoturnariño, una amiga que poco a poco iríamos descubriendo, pero que desde el inicio nos brindo su amistad desinteresadamente.
Nos presentamos todos, a nadie le quedaba el nombre de los demás en la memoria por mas de cinco minutos, en ese momento no era necesario, ya tendríamos tiempo para eso después, esto recién empezaba.
Tablas que se movían, que se caían; risas y carcajadas imparables; frió, pero una sensación calida nos rodeaba, haciéndonos sentir especiales. Contándonos como había sido nuestro viaje hasta Pasto la pasamos toda la noche; en bus, en avión, en auto, que más da como habíamos llegado, lo importante era que estábamos ya juntos y dispue
stos a hacer de esta ruta, la mejor experiencia de nuestras vidas. Ya era de madrugada y nadie quería dormir; ya a descansar nos dijimos puesto que al otro día, muchos lugares no esperaban y necesitábamos ahorrar energías. Esa noche sorprendentemente no soñé nada, claro, ¿Qué iba a sonar? Me sueño ya era una realidad y lo estaba viviendo.
El primer día de la ruta el mas esperado, un hermoso city tour que nos llenaba de historias fabulosas, todas con un origen que distaba de ser científico, sino mas bien mítico, lo cual lo hacia aun mas interesante. Ese volcán, ese fenómeno geográfico llamado volcán galeras nos miraba imponente desde las alturas con majestuosidad. Hecha ya las visitas correspondientes y con la siempre grata de compañía de policías de turismo y de chicos universitarios de la ciudad que estaban siempre atentos cualquiera de nuestras preguntas, seguimos nuestro recorrido, nos faltaba mucho por conocer y faltaba tiempo. Museos, casonas, calles históricas y demás nos recibieron con lo brazos abiertos ese día; lazos de amistad y confraternidad ya se empezaban a formar, anécdotas y mas anécdotas iban apareciendo, que creí nunca tantas acumular; el cuaderno que traje, pensé, me iba a quedar pequeño para tantas cosas que estaba viviendo.
Ya llegada la noche llegamos a un museo diferente a los demás en el no se exponía la cultura pasada sino la cultura popular con muchos colores vivos y grandes construcciones que
hacían sentir pequeño al que pasaba por allí. Nos dijeron que las autoridades no iban a dar un recibimiento oficial y emocionada y ansiosa espere. Cual seria mi sorpresa al terminar las palabras de bienvenida cuando esa bienvenida se convirtió en todo una fiesta ¿que fiesta? Era todo un carnaval de blancos y negros donde como su nombre explicaba no éramos todos iguales, éramos de diferentes países y de diferente color; pero que teníamos un objetivo en común, dejar que esas diferencias no nos separaran sino que nos unieran más.
Música, baile, ambiente de fiesta, celebrar el estar todos juntos luchando y esperando de esta ruta la mejor, y esta no pudo haber sido la mejor inauguración de ruta. Realmente fue increíble. La pintica, se convirtió en una máscara negra que todos portábamos orgullosos, baile y mas baile, no nos importaba llevar el paso o ser coordinados, risas y mucha alegría se sentía en todo el ambiente. Después de la pintica vino el spray, ya no solo estábamos negros, sino que estábamos blancos, todos manchados y sucios, que va, no importaba, echar harina completo nuestra alegría y desato nuestra histeria, un sentimiento de jubilo efervescente convertía un museo de expresión popular en esa misma fiesta popular pero en otra época del año y con otros participantes, que importaba, lo importante era sentir como una cultura que no conocíamos y de la cual no teníamos profundos conocimientos; se sintió tan nuestra, tan propia con solo entonar a viva voz y bailar sus canciones que desde ese momento, ya no eran solo de un país, Colombia, sino que pertenecían a 12 otros países que desde que comenzó esa experiencia la adoptaron como propia.
Todos con un aspecto espantoso, sucio e irreconocible, pero con una sonrisa de oreja a oreja era lo que dio como resultado la mejor fiesta que tuve en toda mi vida y que sinceramente me gustaría repetir. El compartir un sentimiento tan grande como lo es la alegría de poder viajar por diferentes ciudades me hizo darme cuenta de cuan poca
importancia la ropa, el peinado y el maquillaje tienen, si es que uno no da todo de si para divertirse por mas que tratáramos de divertirnos, no lo lograríamos. Con los lentes rotos, las lunas salidas y con ellos en mi mano termino esa fiesta de la cual nadie quería irse, pero esto recién comenzaba; sin lentes hasta la otra semana decidí no preocuparme, eso no iba a impedir que me divirtiera y disfrutar de esta experiencia que sabia, ya estaba cambiando mi vida.
Las fiestas, y bailes en Ovonuco nos hizo vivir otra fiesta popular, la guagua de pan que nos regalaron nombrándonos padrinos nos pareció el mas delicioso manjar, no solo por su sabor sino por estar compartiendo tan peculiar representación de consideración de un pueblo, en las alturas de una pequeña montaña y que a nuestro paso por ella encontrábamos cuyes asados al carbón que nos invitaban a probarlos; así como de las actividades de las que fuimos participes y que me hizo darme cuenta de que un simple baile podía alegrarme el día.
La laguna de Telpis en Yacuanqueros y su hermoso recibimiento nos hizo sentirnos como en casa, el subir a esa laguna fue un reto para mí y creo que para todos, no estábamos preparados para subir esa inmensa y alta montaña. Nunca me imaginé que tendría fuerza para subir, pero al ver como hasta los niños lo hacían sin el menor esfuerzo, saque fuerzas de donde no creía que tenía y luche por llegar a la cima. Ni la lluvia, ni el frío pudo mitigar mis ganas de llegar, el constante apoyo de todos, propios y ajenos, hizo que contra todo pronostico llegara a la cima en tiempo record. Después de incontables traspiés y unas cuantas caídas pude culminar este reto que nos llevo todo el día y que quedara en mi memoria por siempre, después de esto, no creo que haya nada que me sea imposible. Los hermosos paisajes que pude observar tanta en el ascenso como en el descenso hicieron que el camino no solo se haga fácil, sino placentero.
La laguna de la cocha y la isla la corota me hizo sentir como si estuviera en una exploración de la selva, y parecía como si fuera la protagonista en una película de Indiana Jones con tanta vegetación y selva que me rodeaba, sin dejar de lado la espectacular vista que teníamos desde allí de la laguna y de la paz y tranquilidad que nos transmitía .
La comunidad Quillasinga y un conversatorio que nos ilustro sobre su cultura mas de lo que un libro pudiera haber hecho, me dejo boquiabierta como uno puede saber y conocer más sobre ellos con el simple hecho de conversar e intercambiar conocimientos con ellos.
La hermosa comunidad de tangua y sus carritos de madera, sus hermosos poblados y su amabilidad para con nosotros, la chiva que fue escenario de canto y baile durante todo el día y que nos hizo participes de una forma de viajar y conocer un lugar de forma diferente. Nunca comí tantas veces al día, pero lo mejor de todo fue que nunca me
sentí tan satisfecha, no de comida sino de calor humano, simplemente increíble, ese día me quede sin palabras, no tenia mas formas de expresar agradecimiento hacia un pueblo que desde una gran recibimiento hasta un sketch artístico improvisado, hizo que mi corazón bailara de alegría con la expresión máxima de un a cultura la cual portan con orgullo y pasión.
Tuquerres con sus imponentes lagunas blanca, negra y verde, nos hizo darnos cuenta cuan bella es la naturaleza y cuan hermoso una laguna pueda ser, al punto de haber valido la pena el esfuerzo, la falta de aire, la lluvia y el barro, solo para apreciar un milagro de la naturaleza, tan bello como es ver una laguna de color verde puro y con mitos mas reales que nosotros y que están ahí a la espera de nosotros para mostrarnos como estando en el cráter de una volcán; la adrenalina y el cansancio se unen para apreciar un monumento a la naturaleza y un desafío al hombre.
Ipiales y ya estábamos de salida de Colombia, de vuelta a donde hace 7 días había estado y donde esperaba con ansias empezar la ruta, ahora yo en ese mismo punto esperaba continuar con esta aventura que a poco a poco a medida que pasaban los días se convertía en una experiencia que se quedaría grabada en mi memoria de por vida.
Colombia, tierra querida como sonaba una canción que se entonaba fuerte en cada uno de los lugares que visitamos, nos recibió con más que calurosidad sino con amor de hermanos. Atrás quedaron los prejuicios que uno tiene cuando visita un país que no conoce y al cual uno conoce por medio de los medios de comunicación, que no necesariamente cumplen con informar toda la verdad.
Era cierto lo que Gisela desde un inicio nos dijo de Colombia, el único riesgo que uno corre al ir es simplemente quedarse.
Ahí pude comprobar que muy aparte de la forma en que hablemos o vivamos, de si hablamos el mismo idioma o no, o sin tenemos un acento u otro, todos somos iguales, tenemos el mismo origen y venimos de un solo ser, además compartimos una riqueza pasado ancestral y una riqueza cultural inmensa.
Esta institución, esta embajada cultural llamada RUTA INKA quiere recordar precisamente eso y llevar el mensaje a todas las partes del mundo para que en un futuro no muy lejano no nos olvidemos quienes somos y de donde venimos, que somos todos y que sin nos organizamos y trabajamos juntos, podemos lograr grandes cosas y ¿Quién sabe? Cambiar unas cuantas.
Ecuador, desde le momento en que llegue a lo oficina de migraciones, empezaron las anécdotas, lamentablemente no tan buenas, pero como un poblador de Tulcán se encargo de recordarme hay toda clase de gente en este mundo y Ecuador no era la excepción; cual fue mi alegría cuando me diera cuenta que por mas malos momentos que haya pasado, esa persona tenia razón, todo lo que viví por
casi un mes en esta tierra hermana, dejo de lado ese percance y se quedo solo como una peculiar manera de hacer mi entrada triunfal; y que por el contrario me hizo famosa a mi y a la ruta inka, no creo que ese haya sido el propósito inicial pero bienvenida sean las consecuencias, una anécdota de la cual estoy segura estará seguida de carcajadas cada vez que la cuente.
El paseo en el ferrocarril que tuvimos hasta Salinas fue como estar viendo en una película los mejores paisajes de esa zona, los puentes, los túneles y la naturaleza da la bienvenida a los que pasan por ahí. Un ambiento puro, propio, natural se puede apreciar durante todo el recorrido de mas de 3 horas y el cual siempre trae sorpresas, pequeñas cascadas, ríos o lagunas esparcidas por aquí y por allá que se encargan de poner el toque especial. Como siempre por ser la ruta, a este tren ya justo cuando llegábamos a la estación, se descarriló y el segundo vagón en donde íbamos a mayoría se salió de los rieles, un breve susto pero a la vez el causante de que una sonrisa se dibujara en nuestros labios. Una raya más al tigre, una experiencia más a la ruta.
La caminata por las lagunas de Mojanda en Cochasqui fue espectacular, bajo mas capas de ropa de las que yo creía podía yo estar y bajo condiciones climáticas bajo las cuales no pensé caminar, me embarque a una caminata que iba por carretera, valles, y montañas por más de 6 horas pero que en lugar de convertirse en una actividad monótona, se convirtió en una amena conversaciones entre nosotros y en un karaoke improvisado junto a un charango y una quena. A cada paso que daba recibía con los brazos abiertos a los paisajes desde tan alto, que por momentos me hacían sentir mas cerca del cielo.
La estadía en Quito fue contra todo pronóstico la más larga y particular entre todas la ciudades del Ecuador, acusados de ser portadores de la gripe porcina y siendo aislados por 2 días, este suceso hizo que en lugar de aburrirnos o deprimirnos, nos alegráramos mas, nos conociéramos y compartiéramos mas cosas, jugar cartas, ver películas alquiladas o aprendiendo a manejar cariocas.
La verdadera mitad del mundo y el mismo museo-monumento que hay en esta ciudad me dejaron anonadada por la riqueza cultural que transmiten, escuchar las explicaciones de un defensor de su propia cultura, y saber como nuestros antepasados fueron mas astutos e inteligentes que nosotros; nos pone a pensar como fue que eso no se puede rescatar y ser nosotros los que sigamos con la tradición; apoyarnos en lo nuevo para mejorar lo antiguo, no para erradicarlo.
La belleza de Mindo, con sus orquídeas, colibríes y cataratas; la posibilidad de realizar deportes extremos como lo fue el Canopy. Ese deporte llamado Canopy, y que nunca pensé atreverme a realizar hizo que ese día me liberara de mis miedos y tenga la osadía de pasar por larguísimos cables a una altura impresionante, en más de una posición: de cabeza, rebotando, como mariposa, como superman, cuantas posiciones experimente y cuantas no puede hacer. Ese día me divertí como nunca, pude gritar con toda mi fuerza de la emoción que sentía, de la libertad que experimentaba y de lo maravilloso que sentir que podía volar era. Hasta hora y creo para siempre quedara esa experiencia viva en mis recuerdos, así como las picaduras que hasta ahora todavía tengo pero que cada una representa cuanta emoción tenía en ese momento, que fue solo 2 días después cuando me di cuenta que los mosquitos me habían atacado.
Manabi y sus hermosas playas nos recibieron de una forma excelente, como olvidar el lugar donde comimos y dormimos tan bien y especialmente donde pase mi cumpleaños numero veinte. No sabia como iba a ser ese día, pero mejo no pudo ser, fogata, canciones, baile, compartir y una playa privada en la cual no perdíamos la
oportunidad de bañarnos. Definitivamente el lugar y la compañía apropiada para celebrar mis dos décadas de vida.
Puerto López y su atractivo principal, las ballenas; esos animales que solo había visto en documentales y cuyo misterio me causaba curiosidad, estuvieron ante mis ojos por varios minutos y en repetidas ocasiones, dándome un espectáculo difícil de olvidar. Su aparente docilidad pero a la vez fiereza, atraía las miradas de mas de un centenar de barcos que se reunían ahí para ver la expresión mas sublime de la naturaleza, el apareamiento de estos mamíferos gigantes. Sin duda alguna, el contacto más cercano con la naturaleza que jamás había tenido.
Las obras sociales que hicimos, las visitas a 2 orfanatos en dos ciudades distintas del Ecuador. El llegar allí con la intención de enseñarles algo y llevarle alegría resulto siendo lo contrario, todos nosotros salimos renovados, con una nueva forma de ver la vida y con una energía única. El intercambio de sonrisas y de sentimientos no se hacía esperar, dándonos cuenta cuanto le faltaba a cada un de nosotros, y cuando una niño por más pequeño que fuera nos podría enseñar.
El volcán Cotopaxi, un gigante esplendoroso que nos retaba a subir a sus dominios, que nos hizo subirlo con vientos fortísimos, con frió, con miedo. Subir fue toda una odisea, el mal tiempo sumado a la altura y el esfuerzo físico que exigía a amateurs, hizo que una vez llegado al segundo refugio meditáramos sobre continuar o no a los
glaciares. Mi respuesta inmediata fue sí, tenía que ver nieve, así fuera lo último que hiciera en mi vida. Afortunadamente lo logre y pude apreciar el hielo, la nieve y como casi 4000 metros sobre el nivel del mar, la vida se ve diferente.
Y finalmente El Santuario de joven poderoso, esa fortaleza inca llamada ingapirca y que oculta en cada una de sus paredes una historia no conocida en su totalidad, y que misterios y secretos estarán siempre presentes en cada piedra ahí colocada. Al destino final llegamos, y nadie podía creer cuan rápido se termino todos esto cuan veloz los 40
días se pasaron y cuantas ganas de no separarse se sentían en el ambiente. La nostalgia, el llanto y la resignación de cada uno regresar a su propio país nos hacia derramar inconscientemente lagrimas que no dejaban de brotar cuando a nuestro compañero rutero a los ojo debíamos mirar.
Ya la ruta se acabo, pero no estamos igual que al inicio, ahora ya tenemos como parte de nosotras muchas culturas y costumbre s de otros países y que las llevaremos como bandera orgullosos a contarlo ni bien lleguemos a nuestros hogares de nuevo.
La sensación de volver a casa se volvía extraño, intercambio de pertenencias, recuerdos por aquí, recuerdos por allá; llanto, lamento y pena era un ambiente que se hizo presente los últimos días y que en el momento de la despedida se hizo mas palpable. Pero ahí no acabo todo, muchas mas cosas aprendimos en esta ruta a ser mejores personas y a llevar en alto el nombre de todos los lugares que visitamos.
En cada lugar que visitamos, ya sean veredas, parroquias, etc. desde el pueblo mas pequeño hasta el mas grande, todos sin excepción nos recibieron con un cariño sincero, un cariño de hermanos; nos brindaron lo mejor que tenían y hasta mas de lo que ofrecer. Es asombroso como las persona que menos tienen son las que mas dan sin importarles recibir algo a cambio.
Y claro que nosotros llevamos algo con nosotros, llevamos su pueblo, su gente y sus paisajes no solo reflejados en una cámara, sino en el corazón y nuestro trabajo ser difundir eso, su cultura a donde sea que vayamos porque ya sea de una manera u otra a lo largo de nuestra vida vamos a conocer lugares y personas de nuestro propio país o extranjeros, pero que seremos nosotros los encargados de tratar de poner en sus mentes y sus corazón y poder plasmar todo lo que nosotros vivimos para que así una inmensa cadena se forme y no haya ningún lugar dentro del mundo que quede olvidado. Esa es nuestra misión poner en testimonio y hacer correr la voz que el Perú no es solo Machu Pichu y que Ecuador no es solo Quito y que Colombia no solo es Medellín o Bogotá sino que tiene otras riquezas mucho mas grandes y que están ahí a la espera de ser descubiertas por los demás antes de que sean olvidados por propios.
Allí con su hospitalidad, calidez y amistad sincera nos ayudaron muchísimo. Durante las largas caminatas, las horas y horras de ascenso por pendientes, bajo la lluvia, el frío y el gélido viento, todos los pobladores no ayudaban y daban ánimos para seguir y conseguir llegar a la cima, a la meta; entre nosotros nos dábamos palabras de aliento, pero sentir la sincera preocupación que esas personas expresaban sin ni siquiera conocernos, no solo nos hacia querer seguir sino que nos hacia ponerle mas fuerza, coraje y empeño pues no habíamos venido desde tan lejos solo para darnos por vencidos.
Nuestra misión era vivir e imitar como nuestros antepasados sobrevivían en esta misma tierra muchos años atrás sin la necesidad de grandes complicaciones como lo son las cosas a las cuales ahora consideramos imprescindibles y que nos ofrecen rápidas y prácticas soluciones sin ponernos a pensar que poco a poco estamos dejando de lado actividades básicas que en su momento, hicieron posible el desarrollo de nuestro cerebro y que nos llevaron a ser lo que actualmente somos. Si por un momento reflexionamos en el hecho de que hemos dejado todo en mano de maquinas u aparatos tecnológicos nos estaremos dando cuenta de cuantas cosas nos perdemos por su culpa y cuan rápido estamos acabándonos y acabando con los demás.
¡Mi sueño lo pude cumplir!
Arriba los ánimos y manos a la obra, Que la trascendencia de la RUTA INKA no se quede en un sueño, ¡Que también se haga realidad!
Crisangela Chávez (Perú)
COLOMBIA
“Pero hijo no crees que será peligroso, o que de repente te enfermes…tu no conoces esos lugares. Me preocupa un poco esta situación…”.
Las palabras de mi madre aún resonaban en mi cabeza. Era de noche. Después de casi 36 horas de viaje desde que salí de Piura (Perú) y superando muchos obstáculos que se me habían cruzado en el camino, por fin vislumbraba a través de la ventana del bus la ciudad de Pasto. Nunca me había aventurado solo fuera del país. Pero no demore mucho en adaptarme y después de un tiempo deduje que mi madre se había equivocado de parecer.
“EMPRENDE CAMINO, CONOCE NARIÑO”, la frase con la que promocionan turísticamente a esta provincia, empezaba a cobrar vida en cada uno de nosotros. Como olvidar el primer día cuando disfrutamos del carnaval de blancos y negros, cuando juntos (los expedicionarios y amigos) cogidos de la mano bailábamos alegres al son de la “Guaneña”, y pudimos disfrutar de un ambiente cálido y acogedor, donde en el ir y el venir se iba a configurando nuestra expectativa de que esta fiesta recién comenzaba, y como diría alguien más adelante, la “magia” jugaría un papel fundamental en esta ruta.
El despertar cada día, ponía en mí, ese espíritu por conocer más el lugar que pisaban mis pies. El volcán Galeras, me saludaba a la par por la ventana y el aire puro y fresco de las mañanas me renovaba para iniciar las actividades de cada día. Iglesias, plazas y casas coloniales le daban a Pasto ese aspecto histórico que guarda, creo yo, en cada paso que das. Y el título de “Ciudad teológica” estaba bien merecido, no sólo por las numerosas y hermosas iglesias que tiene sino también por la fe y religiosidad de sus habitantes. Me sorprende el entusiasmo con el que jóvenes estudiantes, adultos y/o ancianos de las zonas, que tenían a cargo la guianza turística en los diferentes lugares, nos contaban fascinantes relatos y leyendas sobre los lugares o construcciones que visitábamos. Como por ejemplo el saber que una iglesia fue construida por un demonio; o que si hacíamos mucho ruido en la laguna de Telpis, ésta se resentía y hacía que venga al rato una intensa neblina que cubría en
instantes el paisaje (hecho que fue confirmado por nosotros mismos cuando visitamos Yacuanquer); o que si desobedecías algún precepto o hicieras algo indebido en el cabildo indígena de los Quillasingas o en el de Funes te daban “juete” (acto del cual fuimos testigos).
Extraño el amor desinteresado de la gente. El caminar horas para ver un lugar de encanto y belleza paisajista que deleitaba mis ojos y recompensaba mi cansado cuerpo con la satisfacción de ver emporios de flora y fauna incomparables. Los colores del arcoíris después de una lluvia inesperada. El bailar con los Mojigangas de Funes. El sonido de la “Guaneña”. Las deliciosas arepas y patacones. Ni que decir de la Trucha Arco Iris propia de la región. A veces sueño con que sigo estando por esos senderos por los cuales me llevó la Ruta Inka.
Nariño es el destino ideal con el que caminantes, exploradores, turistas y personas amantes de la música, del murmullo, del lenguaje, de la naturaleza enmarcada en un paisaje sin par, soñarían. Ella nos acogió con generosidad y, por su imponencia y belleza, nos invita a tratarla con respeto, a mirarla para bien de la propia humanidad. En este sur intenso, se mezclan en perfecta armonía el espectáculo del “tapiz de retazos” con la calidad de sus moradores, gente amable, creativa y sensible. Por ello viajar por estos territorios de cañones profundos, de fértiles sábanas, de cerros y nevados, de lagunas multicolores, de reservas naturales ricas en vegetación y fauna exótica fue apenas, una parte del solaz de mi aventura de vida; la otra sería el haberme puesto en contacto con hombres y mujeres de habla singular, de mano cálida, siempre dispuesta a presentar ayuda oportuna a quienes los visitan. Será por eso que en este país cafetero es proverbial la amabilidad del nariñense.
Hay tres cosas que estoy seguro que nunca olvidaré de este “pedazo de cielo” de Colombia: Su gente, su cultura y su riqueza natural. Creo que los medios de comunicación en lugar de difundir muerte y destrucción, debería resaltar lo bello de este país. Porque a decir verdad Colombia tiene más de bueno que de malo.
“Colombia tierra querida, yo no te voy a olvidar. Haz dejado una huella en mi vida, que ya no se puede borrar”


ECUADOR
Después de ocho días de estancia en el sur de Colombia llegamos al segundo país que visitaríamos en nuestro recorrido y donde llegaríamos a nuestro destino final: “El Santuario del Joven poderoso” en Ingapirca. Nuevas aventuras y lugares quedaban aún por descubrir. Estaba ansioso por conocer a fondo este país del que se habla tanto. Ni me imaginaba que recorreríamos la costa, sierra y selva del Ecuador.
Ecuador es un país que te enamora, y te llama a conocerlo a fondo. Hubo muchos lugares que me hicieron sentir como en casa. Me atrevería a decir que Ecuador tiene “algo de todo el mundo” .Guarda una cultura ancestral muy rica. Lo sé, por las visitas a los diversos museos y presentaciones culturales de las cuales éramos partícipes. Los marcados contrastes de unas comunidades con otras. Quedé impactado por un espectáculo tan digno de ser visto y admirado como lo es “Jacchigua es Ecuador”.
Ya me había acostumbrado a las caminatas, al frío de la mañana pero también al calor de su gente. A las cosas ordinarias y también a las que te sorprendían y dejaban sin aliento. Lugares donde recibías con tanto cariño obsequios en sus diversas expresiones y también donde tú tenías que dar algo de ti, como el abrazar un niño, jugar con él, robarle un sonrisa y decirle quizá por primera vez en su vida que era alguien especial para uno y que siempre lo recordarías. El comer los productos de la Pachamama sentado en los pastizales de la sierra de Cañar junto a gente propia del lugar que venía a ofrecerte una gran sonrisa, que a pesar de hablar quichua, no le importaba dicha barrera idiomática. Más bien el deseo de conocer el mundo a través de cada uno de nosotros los atraía un poco tímidos al comienzo pero luego comenzaban a explayarse más y más y hasta unos se animaron a bailar con nosotros. ¡Era prácticamente el encuentro de dos mundos!, pero en esta ocasión no veníamos a conquistarlos y a explotarlos como antaño sino a extenderle una mano amiga para que construyésemos una amistad infranqueable y que de las debilidades se puede sacar nuestra mayor fortaleza.
Observando los atardeceres en las paradisiacas playas de Manabí, pasando por el volcán activo más alto del mundo: Cotopaxi y bañándome en los ríos de la selva de Pastaza, me di cuenta que en un día podías llegar desde las playas del Oeste hasta la selva de Pastaza, como fue en nuestro caso. Pero valdría la pena quedarse los días necesarios como para que el encanto de cada provincia te envuelva en su manto de hospitalidad y carisma.
Ecuador es un país megadiverso en flora y fauna. En una ocasión, caminando por la reserva de “Jerusalén” me encontré con un cartel que decía:
“Abre los ojos para ver las cosas que te mostraremos, despierta tu olfato para sentir los aromas de la naturaleza, agudiza tu oído para escuchar el trino de las aves, pero sobre todo, abre tu corazón para que puedas percibir la magia de este lugar.”
Creo que esa frase resume lo que quiero decirte cuando me refiero a la biodiversidad de Ecuador.
Finalmente llegamos a Cañar. Yo alegre por haber llegado a nuestro destino y cargar con tan lindos recuerdos tras mis espaldas y triste por saber que pronto concluiría mi aventura de vida. Salimos a las calles, la gente nos saludaba desde los balcones, rendimos tributo a los dioses andinos y a la madre tierra por permitirnos haber llegado hasta ese lugar y mostrado la esencia del Ecuador. Vislumbre paisajes hermosos y visite comunidades andinas. Hasta que dimos en Ingapirca. En la última noche se nos hizo la despedida. La tristeza se entremezclaba con la ansiedad de nuestra alma y al día siguiente, después se recorrer el Santuario del Joven Poderoso una euforia se apoderó de nosotros…cogidos de la mano y llorando empezamos a bailar en círculo, la “canción de la hermandad”. El bailar el círculo sería porque nuestra amistad no tendría final. El número cuarenta en la cosmovisión hebrea representa un tiempo de cambio. Noé estuvo en el arca 40 días y 40 noches hasta que cesó el diluvio. Jesús estuvo en el desierto 40 días y 40 noches antes de comenzar su labor en la tierra. Sin alusiones religiosas, me
atrevería a decir que estos 40 días y 40 noches que pasamos juntos, así como a Noé le permitieron salvarse del diluvio, estando en el arca. Para nosotros, esta aventura nos “salvo” de ahogarnos en el fango de la comodidad y salir a conquistar nuevos horizontes. Y así como para Jesús fue un tiempo de luchas de las cuales salió victorioso para comenzar su misión en la tierra, a nosotros nos cambió la vida, quitándonos las vendas de la ignorancia para ver la realidad de los pueblos y recién ahora comenzar una noble labor como lo es el ser embajadores de estos pueblos y enfocarnos en objetivos claros que nos lleven a convertirnos en los líderes del mundo y desde esos lugares ser la voz de esperanza de las comunidades indígenas.
“Las aventuras verdaderamente grandes son aquellas que mejoran el alma de quien las vive.” (Alejandro Dolina)
PARA TERMINAR:
Soy consciente de que no todo nos fue de maravilla. Hubo días difíciles para todos. Una vez se nos descarriló el tren en el que viajábamos; algunos se enfermaron; en Quito se corrió la voz de que de repente traíamos la Gripe porcina; había desorganización por ratos; el frío nos hacía trizas; no habían las comodidades de casa y cosas por el estilo que por fuera pareciera que resquebrajaban la imagen de la Ruta Inka pero que a la larga no nos llegaron a amilanar sino que nos fortalecía y animaba a seguir con el proyecto, por el simple de hecho de que lo que hacíamos no era un viaje turístico sino una travesía de integración que demandaba poner de nuestra parte para la construcción de un mundo más humano y sensible a las necesidades de los pueblos interandinos del Quapaqñán. Objetivo del cual estoy seguro que llegará a concretizarse con el apoyo y compromiso de nosotros como embajadores de la paz y la hermandad.
“Creí que era una aventura y en realidad era la vida.” (Joseph Conrad)
Añoro los momentos vividos en familia, digo en familia, porque nos convertimos en hermanos. He sido nombrado padrino de la “Fiesta de las Guaguas de Pan”
en Obonuco (Colombia) y reconocido como Huésped de Honor en la Ciudad de Cañar (Ecuador). También sé que la papa, el choclo, el queso o el delicioso cuy nunca faltarán en la mesa de cualquier familia andina que integre la red vial inca.
¡Tengo tantos recuerdos gratos de mi estadía por Colombia y Ecuador!…los guardo como un tesoro especial. Comprendí que la guerra de la que se habla tanto entre estos países es entre políticos y no entre sus ciudadanos. Porque los pobladores querían paz. Lo aprendí de los mismos militares – con quienes pasamos parte de nuestro tiempo, ya que dormíamos en guarniciones militares -, hombres comunes y corrientes, que me hablaban de paz y no guerra, que obedecían órdenes pero a la larga consideraban hermanos a sus “enemigos”. Ahora sentado frente a mi ordenador, medito en todo lo vivido. Ruta Inka puso su granito de arena para el fortalecimiento de la unión y hermandad de dos países herederos de una cultura común. Sueño con que la idea de Huayna Cápac – gobernador inca -, de unir a todos los pueblos interandinos llegue a hacerse realidad, y a partir de esto renazca la armonía y hermandad que tanto necesitamos hoy en día para salir adelante.
Y pienso que todo esto no solo debe quedar en recuerdos nostálgicos. Porque de nada valdría la pena quedárselos. Ahora como socio honorario de la Ruta Inka
cargo con una gran responsabilidad y es la de transmitir el mensaje de estos pueblos a mi país y al mundo, sabiendo que es en esos pueblos donde se encuentra nuestra identidad cultural y donde aún perdura el verdadero espíritu de nuestros antepasados que sigue transmitiéndose a través de los vientos de los andes, de las artesanías, de las costumbres, de las danzas, de la música, de la gastronomía, y de su gente.
Aprendí que aún hay pueblos milenarios que luchan por sobrevivir frente a la globalización externa que se impone hasta estos lares y por lo tanto necesitan de proyectos como el de “Ruta Inka” para volver a ser revalorizados y reconocidos.
A ver que en las cosas pequeñas y/o cotidianas está la grandeza de la vida.
Que lo que divide a la raza humana no son las fronteras, ni las diferencias, sino el egoísmo de muchos, pero que a pesar de esto, siempre hay algo que nos une, la necesidad de integración para luchar con objetivos afines para todos. Al término de la expedición, bañados en lágrimas, los ruteros se despedían sabiendo que sus vidas nunca más volverían a ser las mismas. Que las experiencias vividas habían dejado huella y ahora ya no serían solo un grupo de jóvenes de diferentes naciones sino hermanos bajo una sola bandera, la bandera de la hermandad. Habían aprendido un nuevo leguaje durante esta idílica aventura: El lenguaje del amor.
Pasto, Yacuanquer, Tangua, Funes, Túquerres e Ipiales, gracias por mostrarme el verdadero rostro de Colombia; Imbabura, Pichincha, Manabí, Santa Elena, Pastaza, Napo, Tungurahua, Cotopaxi, Chimborazo, Cañar, gracias por recibirme como lo hicieron cuando pase por sus tierras. Siento que tengo una enorme deuda con todas estas ciudades que han dejado una huella imborrable en mí. Son tantas las personas y organizaciones a quienes va mi agradecimiento: En Colombia, A Corpoturnariño, las Alcaldías, el Ejército de Colombia, gobernación de Nariño; En Ecuador, al Ministro de Defensa, Ejército del Ecuador, Ministro de Relaciones Exteriores, y quien más que la Ilustre Municipalidad de Cañar por ser nuestro principal anfitrión en Ecuador; A la Asociación Ruta Inka por ser realidad mi sueño de acercarme a las culturas indígenas y a todas aquellas personas que de una manera u otra, han colaborado y favorecido para el éxito de este proyecto y seguirán apoyado la visión de la Ruta Inka. Porque la Ruta Inka nunca morirá, seguirá avanzado con paso firme hacia lo que seguro será un futuro esperanzador: Que el Quapaqñan llegué a convertirse en Patrimonio Cultural de la Humanidad. ¡Viva la Ruta Inka!
Juan André Chero Fuentes (Perú)
Fue puro azar. Fue el intento de buscar algo que subsanase lo que no hice por desconocimiento. Unas palabras mágicas en el Google: ruta similar a la ruta Quetzal. Ese fue el pistoletazo de salida. Y de ahí a la página de la ruta Inka. Lo demás es evidente: el mundo se puso de mi parte. Logré formar parte de los integrantes de ruta Inka 2009, logré un sueño que daba por perdido. Lo que yo no sabía aún era el alcance de ese sueño, la magnitud del que sería el mejor viaje de mi vida.
Aún recuerdo como pasamos de ser un grupo de jóvenes desconocidos que iban a participar en la Ruta a convertirnos en la Ruta Inka 2009. Ninguno de nosotros conocía el carnaval de blancos y negros antes de aquella tarde, pero cuando una mano amiga trajo pinturas, harina y cariocas, todos supimos que hacer con ellas, supimos revivir el carnaval de Pasto, rodeados de pastusos y con música lugareña de fondo. La magia se apoderó por un momento de nosotros y nos unimos con el único objetivo de divertirnos, de estar juntos para pasarlo bien, disfrutando de las tradiciones y de los que nos acogían. Ese día fue EL DÍA, ya no había marcha atrás, éramos Ruta Inka 2009.
Y aún quedaba lo mejor…
Me veo bajando por aquellas calles empinadas, en la parte de atrás de un carrito de madera azul, el aire me da en la cara y me siento feliz. Tangua nos brindó todo su cariño, recreó sus fiestas para nosotros, actuaron y bailamos con ellos. Sentimos el calor humano que nos dieron, nos acogieron como si fuésemos gente importante, nos enseñaron sus costumbres, nos montaron en una chiva y desde arriba pude observar el mundo con otros ojos. Y mientras me reía y me sentía tan bien, rodeada de todos mis compañeros y de toda la gente que se volcó en nosotros, me di cuenta que estaba en deuda con todos ellos, porque desde ese momento me habían dado más de lo que yo les podría dar a ellos.
Sentí que podría haberme quedado allí, no me sentí una extranjera, me sentí acogida, respetada, querida. Aprendí que el mundo para conocerlo hay que vivirlo y que la información no es siempre una
opción, que palpar la vida es el mayor aprendizaje que se puede obtener.
Y como Tangua hubo más pueblos, y la deuda creció… Porque cada día conocía un poco más de ellos, cada día formaban parte de mi vida más personas, más tradiciones, más lugares, más olores, más sabores, más nombres… Y olvidar todo eso es imposible.
Cierro los ojos y sigo viajando en mis recuerdos…
Una de las cosas que me llamaron más la atención de las calles de Quito fueron los niños que limpiaban los zapatos a cambio de unas monedas. Vestían ropas sucias, y tenían las manos y la cara
manchadas. Yo me había llevado mis cariocas al viaje, porque siempre hay un momento donde son necesarias, donde cualquiera puede entretenerse con esas bolas que al moverse iluminan el ambiente. En una de las plazas del centro, unos chicos nos sentamos a descansar, a disfrutar de la ciudad… No sé exactamente cómo, pero en unos instantes estábamos rodeados de niños que nos pedían que les dejásemos las cariocas, que le enseñásemos a usar esas bolas de colores. Unos querían tenerlas más rato, otros se hacían un lío, algunos niñoseran tan pequeños que había que darle un par de vueltas a la cuerda para que no se golpeasen,… Pero poco a poco todos las probaron, jugaron con las cariocas. Entre la suciedad de sus manos y las ropas que vestían, demostraron que eran niños que se divertían moviendo aquellas bolas de colores, dando vida a ese pequeño arco iris… Niños…
Y me vienen a la cabeza montones caras de niños que nos encontramos por el camino…
Recuerdo a mi niña Iwia, bueno, a la cual yo bauticé así. Estaba en el orfanato que visitamos en Riobamba junto con otros muchos niños. Tenía la cara triste, se la pinté con los colores que me pidió y jugué con ella. Hicimos figuras de plastilina, le di volteretas,… Recuerdo a Jimena, me acompañó por el sendero de los inkas, me contó cosas de su familia, me dijo que tiene un amigo en España, me
trató como si me conociese de siempre… Recuerdo a los niños que nos acompañaban en la subida a la laguna de Telpis, que corrían como si fuese una calle plana, mientras yo sentía que me temblaban las rodillas… Recuerdo a los niños que visitamos en el orfanato de Montañita y como se divirtieron jugando al pañuelo… Cada uno de los niños que me encontré los tengo grabados en la
memoria, tengo sus caras, sus sonrisas, sus ilusiones,… Pero a veces cuando pienso en algunos de ellos me entristezco, porque es injusto que haya niños solos, que haya niños que trabajen,…
Es injusto que el mundo se mueva por intereses, que demos la espalda a la realidad. Por eso ver de cerca todos los lugares donde hemos estado nos ayuda a comprender mas el mundo, a que nos
involucremos más, a que no se nos pasen por alto cosas importantes a las que, a veces, en nuestros día a día casi no prestamos atención….
Vuelvo, de nuevo, la vista atrás y me doy cuenta de que he disfrutado de lugares tan maravillosos…
Desde niña mi sueño había sido correr aventuras por la selva, descubrir el amazonas entre los árboles, descubrir cuevas, nadar por ellas y llegar a sitios maravillosos, que pocos habrían visitado.
Cuando llegamos a la amazonía volví a ese sueño, volví a ser aquella niña que se montaba en un palé, imaginaba que era un barco y viajaba por todos los lugares a los cuales su mente le dejaba llegar. Pero esta vez no estaba encima de un palé, esta vez no tenía que imaginar. La familia ruta inka nos adentramos en un río que desembocaba en el Amazonas, rodeado de árboles y de monos.
También recorrimos una cueva, saltamos desde una roca, anduvimos entre estalactitas y estalagmitas de cientos de años,…
Y llovió y el olor a hierba mojada inundó el ambiente, era una frescura que nos invadía, una frescura que engancha y una sensación que deseo volver a experimentar. Olía a naturaleza, la pacha mama nos abrazaba mientras nosotros reíamos, mientras formábamos, por unos instantes, parte de esa maravilla denominada el pulmón del mundo.
Veo, bajo mi cabeza, los árboles…
Estaba con la cabeza mirando al suelo, colgada de un cable, y era, a la vez de emocionante, hermoso, era algo único, algo que es casi imposible explicar, era volar, volar y mirar todo aquello que sólo es
posible ver desde arriba, era como soñar pero… era real, estábamos navegando por el aire, navegando sobre árboles, sobre plantas, sobre aves, en ese momento me sentía la persona más afortunada del mundo. Lo mejor de hacer canopy en Mindo fue que todos sentíamos esa sensación, todos estábamos contentos, ilusionados, con ganas de más, éramos la familia más feliz del mundo…
Y escucho de fondo el ruido del motor del barco…
Estamos navegando por aguas del pacífico. Yo, una chica del mediterráneo, navego en aguas de Ecuador. Vamos a ver las ballenas, el barco se mueve, es un poco aturdidor, pero ver ballenas al otro lado del mundo resulta ser emocionante, nos movemos de un lado a otro del barco, nunca se sabe por donde pueden aparecer…Y ahí están, la naturaleza nos regala una espléndida visión, y por cosas
como esta merece la pena vivir.
Busco en mis recuerdos y me veo observándolo…
El Cotopaxi se alzaba ante nosotros, la naturaleza de nuevo nos mostraba lo que es capaz de realizar, la belleza más sublime. Y ahí estábamos, a los pies del volcán que íbamos a subir, el objetivo era
llegar a los glaciares, porque la cumbre llevaba más tiempo, pero aún así era un reto, al menos para mí. Estaba decidida a subir, algo tan hermoso no podía dejarse escapar. Había que descubrir que escondía esa obra de la naturaleza. Estaba cansada, me dolían las piernas, la cabeza, el aire me golpeaba, y cada dos pasos de subida había uno de bajada, porque el suelo resbalaba. Al poco de comenzar sentía que no podía, que no tenía fuerzas. Aunque me dolía, decidí retirarme.
-Rocío, vamos, venga, que tú puedes.
Cesar, otro rutero, me agarró la mano y me levantó y sentí que tenía que volver a intentarlo. Y así, poco a poco, paso a paso, fui subiendo. Y llegué, llegué con muchos de mis compañeros, llegué a los
glaciares, y mereció la pena. Mereció la pena porque la belleza que nos esperaba era inmensa, y, sobre todo, porque descubrí que era posible. Estuve a punto de rendirme. Por eso, siempre que me acuerdo de esto, le agradezco a Cesar sus palabras, porque con una simple frase me dio la fuerza que necesitaba.
Al llegar arriba me di cuenta de que
muchas cosas en las que no ponemos
todo nuestro empeño ocurren del
mismo modo, somos capaces de
conseguirlas pero a veces son
necesarias unas simples palabras de
ánimo, una mano amiga, saber que
alguien confía en nosotros.
Estoy escribiendo, y hago trazos en el papel, una línea me recuerda que estuve en la mitad del mundo… Cruzar dos hemisferios fue tan simple como cruzar una línea amarilla pintada en el suelo, una simple marca, a un lado el norte, a otro lado el sur. Ese día me di cuenta de que existen muchas fronteras, demasiadas. Hay fronteras entre países, entre pueblos, entre ciudades, entre hemisferios, entre continentes,… Pero son simples fronteras geográficas, la mayor de las fronteras somos nosotros mismos y los pensamientos impuestos por nuestra propia cultura.
En el momento que abrimos las compuertas de nuestros pensamientos, de nuestras costumbres, cuando lo que nos extraña se nos hace comprensible, interesante, en ese momento, hemos derribado la mayor de las fronteras. Y es en ese instante cuando somos conscientes de que lo que nos es extraño no es mejor ni peor, simplemente diferente.
Ruta inka abrió un poco más las compuertas de mi mente, sé que aun tengo que conocer muchos otros lugares y aprender mucho más, pero ahora sé que estoy preparada para ello. Por eso cruzar del norte al sur junto a todos mis compañeros tuvo la emoción que da el pensar que aunque algunos se encarguen de separarnos, yo sé que aún hay gente que lucha por que nos mantengamos unidos.
Y hay miles de lugares y momentos más…
El día que nos bañamos en el Pacífico, el parque de Guayaquil donde las iguanas danzaban a sus anchas, el día que un chamán nos hizo un ritual, el día que abrazamos los árboles para sentir su energía, la fiesta indígena en la que repartían gallinas, el día que aprendimos como se comunicaban mediante mensajes en nudos los inkas, el día que estuvimos encima de las nubes, el día que visitamos la laguna verde, la experiencia de ser sospechosos de tener gripe A,…
Hay tantos momentos, tantos lugares, tantas sensaciones, tengo tantos recuerdos,… Llevo un bolso que me compré en Otavalo, pulseras que me regalaron mis compañeros, un colgante que me compré en Riobamba,… pero aunque no tuviese nada de eso la ruta sería igual de importante, porque todo lo que he aprendido, todo lo que he vivido, no es comparable con nada material. Echo de menos a mis compañeros, echo de menos los pueblos, los senderos en los que hemos estado, echo de menos conversar con distintos acentos, incluso, a veces, echo de menos quejarnos juntos
por el agua fría…
Por eso, prometo hacer todo lo que esté en mis manos para que la ruta siga viva, porque algo tan maravilloso deberían vivirlo el mayor número posible de personas, porque la ruta no es sólo un viaje, es un camino de aprendizaje, aprendemos de los demás, pero también aprendemos de nosotros mismos, de nuestras limitaciones, de nuestros esfuerzo, de nuestros objetivos,…
En la ruta estábamos catorce nacionalidades diferentes, éramos chicos con diferentes tradiciones, con culturas, en ocasiones, distantes… Pero nuestros objetivos, nuestras inquietudes, no diferían tanto. Pronto nos dimos cuenta de que todos estábamos allí para aprender, para disfrutar, para llevar todo aquello a nuestros pueblos, para hacer que la Ruta Inka no exista en vano.
Yo desconocía palabras como chapaq ñam, tawuantinsuyu, pacha mama o pampa mesa, pero hoy me parecen palabras familiares. A mis compañeros a veces les tenía que decir que me explicasen ciertas expresiones, porque yo las desconocía, pero con el tiempo todo se me hizo común. Solo tengo palabras de agradecimiento, de entusiasmo, cuando llegué de la ruta estaba feliz, brillaba,…había cumplido uno de los sueños de mi vida.
De la ruta me llevo millones de imágenes, millones de lugares, muchos amigos, muchas tradiciones, mucho aprendizaje, y una realidad latente en todo el mundo: tenemos que cuidar de nuestros
niños y de la naturaleza, porque en el momento que esos dos pilares fallan no merece la pena luchar por otra cosa…
Subimos los últimos escalones…
Ya habíamos llegado, estábamos en el santuario del joven poderoso, el camino había acabado. A nuestras espaldas dejábamos lugares, momentos y personas, pero en cada uno de nosotros quedaba una huella, una marca que siempre formará parte de nosotros. Porque nosotros, chicos, hemos sido y siempre seremos Ruta inka 2009.
Pero… No lo olvidéis ¡La Ruta 2010 nos espera!
GRACIAS A TODOS
Rocío Rodríguez Soler (España)
