Fue puro azar. Fue el intento de buscar algo que subsanase lo que no hice por desconocimiento. Unas palabras mágicas en el Google: ruta similar a la ruta Quetzal. Ese fue el pistoletazo de salida. Y de ahí a la página de la ruta Inka. Lo demás es evidente: el mundo se puso de mi parte. Logré formar parte de los integrantes de ruta Inka 2009, logré un sueño que daba por perdido. Lo que yo no sabía aún era el alcance de ese sueño, la magnitud del que sería el mejor viaje de mi vida.
Aún recuerdo como pasamos de ser un grupo de jóvenes desconocidos que iban a participar en la Ruta a convertirnos en la Ruta Inka 2009. Ninguno de nosotros conocía el carnaval de blancos y negros antes de aquella tarde, pero cuando una mano amiga trajo pinturas, harina y cariocas, todos supimos que hacer con ellas, supimos revivir el carnaval de Pasto, rodeados de pastusos y con música lugareña de fondo. La magia se apoderó por un momento de nosotros y nos unimos con el único objetivo de divertirnos, de estar juntos para pasarlo bien, disfrutando de las tradiciones y de los que nos acogían. Ese día fue EL DÍA, ya no había marcha atrás, éramos Ruta Inka 2009.
Y aún quedaba lo mejor…
Me veo bajando por aquellas calles empinadas, en la parte de atrás de un carrito de madera azul, el aire me da en la cara y me siento feliz. Tangua nos brindó todo su cariño, recreó sus fiestas para nosotros, actuaron y bailamos con ellos. Sentimos el calor humano que nos dieron, nos acogieron como si fuésemos gente importante, nos enseñaron sus costumbres, nos montaron en una chiva y desde arriba pude observar el mundo con otros ojos. Y mientras me reía y me sentía tan bien, rodeada de todos mis compañeros y de toda la gente que se volcó en nosotros, me di cuenta que estaba en deuda con todos ellos, porque desde ese momento me habían dado más de lo que yo les podría dar a ellos.
Sentí que podría haberme quedado allí, no me sentí una extranjera, me sentí acogida, respetada, querida. Aprendí que el mundo para conocerlo hay que vivirlo y que la información no es siempre una
opción, que palpar la vida es el mayor aprendizaje que se puede obtener.
Y como Tangua hubo más pueblos, y la deuda creció… Porque cada día conocía un poco más de ellos, cada día formaban parte de mi vida más personas, más tradiciones, más lugares, más olores, más sabores, más nombres… Y olvidar todo eso es imposible.
Cierro los ojos y sigo viajando en mis recuerdos…
Una de las cosas que me llamaron más la atención de las calles de Quito fueron los niños que limpiaban los zapatos a cambio de unas monedas. Vestían ropas sucias, y tenían las manos y la cara
manchadas. Yo me había llevado mis cariocas al viaje, porque siempre hay un momento donde son necesarias, donde cualquiera puede entretenerse con esas bolas que al moverse iluminan el ambiente. En una de las plazas del centro, unos chicos nos sentamos a descansar, a disfrutar de la ciudad… No sé exactamente cómo, pero en unos instantes estábamos rodeados de niños que nos pedían que les dejásemos las cariocas, que le enseñásemos a usar esas bolas de colores. Unos querían tenerlas más rato, otros se hacían un lío, algunos niñoseran tan pequeños que había que darle un par de vueltas a la cuerda para que no se golpeasen,… Pero poco a poco todos las probaron, jugaron con las cariocas. Entre la suciedad de sus manos y las ropas que vestían, demostraron que eran niños que se divertían moviendo aquellas bolas de colores, dando vida a ese pequeño arco iris… Niños…
Y me vienen a la cabeza montones caras de niños que nos encontramos por el camino…
Recuerdo a mi niña Iwia, bueno, a la cual yo bauticé así. Estaba en el orfanato que visitamos en Riobamba junto con otros muchos niños. Tenía la cara triste, se la pinté con los colores que me pidió y jugué con ella. Hicimos figuras de plastilina, le di volteretas,… Recuerdo a Jimena, me acompañó por el sendero de los inkas, me contó cosas de su familia, me dijo que tiene un amigo en España, me
trató como si me conociese de siempre… Recuerdo a los niños que nos acompañaban en la subida a la laguna de Telpis, que corrían como si fuese una calle plana, mientras yo sentía que me temblaban las rodillas… Recuerdo a los niños que visitamos en el orfanato de Montañita y como se divirtieron jugando al pañuelo… Cada uno de los niños que me encontré los tengo grabados en la
memoria, tengo sus caras, sus sonrisas, sus ilusiones,… Pero a veces cuando pienso en algunos de ellos me entristezco, porque es injusto que haya niños solos, que haya niños que trabajen,…
Es injusto que el mundo se mueva por intereses, que demos la espalda a la realidad. Por eso ver de cerca todos los lugares donde hemos estado nos ayuda a comprender mas el mundo, a que nos
involucremos más, a que no se nos pasen por alto cosas importantes a las que, a veces, en nuestros día a día casi no prestamos atención….
Vuelvo, de nuevo, la vista atrás y me doy cuenta de que he disfrutado de lugares tan maravillosos…
Desde niña mi sueño había sido correr aventuras por la selva, descubrir el amazonas entre los árboles, descubrir cuevas, nadar por ellas y llegar a sitios maravillosos, que pocos habrían visitado.
Cuando llegamos a la amazonía volví a ese sueño, volví a ser aquella niña que se montaba en un palé, imaginaba que era un barco y viajaba por todos los lugares a los cuales su mente le dejaba llegar. Pero esta vez no estaba encima de un palé, esta vez no tenía que imaginar. La familia ruta inka nos adentramos en un río que desembocaba en el Amazonas, rodeado de árboles y de monos.
También recorrimos una cueva, saltamos desde una roca, anduvimos entre estalactitas y estalagmitas de cientos de años,…
Y llovió y el olor a hierba mojada inundó el ambiente, era una frescura que nos invadía, una frescura que engancha y una sensación que deseo volver a experimentar. Olía a naturaleza, la pacha mama nos abrazaba mientras nosotros reíamos, mientras formábamos, por unos instantes, parte de esa maravilla denominada el pulmón del mundo.
Veo, bajo mi cabeza, los árboles…
Estaba con la cabeza mirando al suelo, colgada de un cable, y era, a la vez de emocionante, hermoso, era algo único, algo que es casi imposible explicar, era volar, volar y mirar todo aquello que sólo es
posible ver desde arriba, era como soñar pero… era real, estábamos navegando por el aire, navegando sobre árboles, sobre plantas, sobre aves, en ese momento me sentía la persona más afortunada del mundo. Lo mejor de hacer canopy en Mindo fue que todos sentíamos esa sensación, todos estábamos contentos, ilusionados, con ganas de más, éramos la familia más feliz del mundo…
Y escucho de fondo el ruido del motor del barco…
Estamos navegando por aguas del pacífico. Yo, una chica del mediterráneo, navego en aguas de Ecuador. Vamos a ver las ballenas, el barco se mueve, es un poco aturdidor, pero ver ballenas al otro lado del mundo resulta ser emocionante, nos movemos de un lado a otro del barco, nunca se sabe por donde pueden aparecer…Y ahí están, la naturaleza nos regala una espléndida visión, y por cosas
como esta merece la pena vivir.
Busco en mis recuerdos y me veo observándolo…
El Cotopaxi se alzaba ante nosotros, la naturaleza de nuevo nos mostraba lo que es capaz de realizar, la belleza más sublime. Y ahí estábamos, a los pies del volcán que íbamos a subir, el objetivo era
llegar a los glaciares, porque la cumbre llevaba más tiempo, pero aún así era un reto, al menos para mí. Estaba decidida a subir, algo tan hermoso no podía dejarse escapar. Había que descubrir que escondía esa obra de la naturaleza. Estaba cansada, me dolían las piernas, la cabeza, el aire me golpeaba, y cada dos pasos de subida había uno de bajada, porque el suelo resbalaba. Al poco de comenzar sentía que no podía, que no tenía fuerzas. Aunque me dolía, decidí retirarme.
-Rocío, vamos, venga, que tú puedes.
Cesar, otro rutero, me agarró la mano y me levantó y sentí que tenía que volver a intentarlo. Y así, poco a poco, paso a paso, fui subiendo. Y llegué, llegué con muchos de mis compañeros, llegué a los
glaciares, y mereció la pena. Mereció la pena porque la belleza que nos esperaba era inmensa, y, sobre todo, porque descubrí que era posible. Estuve a punto de rendirme. Por eso, siempre que me acuerdo de esto, le agradezco a Cesar sus palabras, porque con una simple frase me dio la fuerza que necesitaba.
Al llegar arriba me di cuenta de que
muchas cosas en las que no ponemos
todo nuestro empeño ocurren del
mismo modo, somos capaces de
conseguirlas pero a veces son
necesarias unas simples palabras de
ánimo, una mano amiga, saber que
alguien confía en nosotros.
Estoy escribiendo, y hago trazos en el papel, una línea me recuerda que estuve en la mitad del mundo… Cruzar dos hemisferios fue tan simple como cruzar una línea amarilla pintada en el suelo, una simple marca, a un lado el norte, a otro lado el sur. Ese día me di cuenta de que existen muchas fronteras, demasiadas. Hay fronteras entre países, entre pueblos, entre ciudades, entre hemisferios, entre continentes,… Pero son simples fronteras geográficas, la mayor de las fronteras somos nosotros mismos y los pensamientos impuestos por nuestra propia cultura.
En el momento que abrimos las compuertas de nuestros pensamientos, de nuestras costumbres, cuando lo que nos extraña se nos hace comprensible, interesante, en ese momento, hemos derribado la mayor de las fronteras. Y es en ese instante cuando somos conscientes de que lo que nos es extraño no es mejor ni peor, simplemente diferente.
Ruta inka abrió un poco más las compuertas de mi mente, sé que aun tengo que conocer muchos otros lugares y aprender mucho más, pero ahora sé que estoy preparada para ello. Por eso cruzar del norte al sur junto a todos mis compañeros tuvo la emoción que da el pensar que aunque algunos se encarguen de separarnos, yo sé que aún hay gente que lucha por que nos mantengamos unidos.
Y hay miles de lugares y momentos más…
El día que nos bañamos en el Pacífico, el parque de Guayaquil donde las iguanas danzaban a sus anchas, el día que un chamán nos hizo un ritual, el día que abrazamos los árboles para sentir su energía, la fiesta indígena en la que repartían gallinas, el día que aprendimos como se comunicaban mediante mensajes en nudos los inkas, el día que estuvimos encima de las nubes, el día que visitamos la laguna verde, la experiencia de ser sospechosos de tener gripe A,…
Hay tantos momentos, tantos lugares, tantas sensaciones, tengo tantos recuerdos,… Llevo un bolso que me compré en Otavalo, pulseras que me regalaron mis compañeros, un colgante que me compré en Riobamba,… pero aunque no tuviese nada de eso la ruta sería igual de importante, porque todo lo que he aprendido, todo lo que he vivido, no es comparable con nada material. Echo de menos a mis compañeros, echo de menos los pueblos, los senderos en los que hemos estado, echo de menos conversar con distintos acentos, incluso, a veces, echo de menos quejarnos juntos
por el agua fría…
Por eso, prometo hacer todo lo que esté en mis manos para que la ruta siga viva, porque algo tan maravilloso deberían vivirlo el mayor número posible de personas, porque la ruta no es sólo un viaje, es un camino de aprendizaje, aprendemos de los demás, pero también aprendemos de nosotros mismos, de nuestras limitaciones, de nuestros esfuerzo, de nuestros objetivos,…
En la ruta estábamos catorce nacionalidades diferentes, éramos chicos con diferentes tradiciones, con culturas, en ocasiones, distantes… Pero nuestros objetivos, nuestras inquietudes, no diferían tanto. Pronto nos dimos cuenta de que todos estábamos allí para aprender, para disfrutar, para llevar todo aquello a nuestros pueblos, para hacer que la Ruta Inka no exista en vano.
Yo desconocía palabras como chapaq ñam, tawuantinsuyu, pacha mama o pampa mesa, pero hoy me parecen palabras familiares. A mis compañeros a veces les tenía que decir que me explicasen ciertas expresiones, porque yo las desconocía, pero con el tiempo todo se me hizo común. Solo tengo palabras de agradecimiento, de entusiasmo, cuando llegué de la ruta estaba feliz, brillaba,…había cumplido uno de los sueños de mi vida.
De la ruta me llevo millones de imágenes, millones de lugares, muchos amigos, muchas tradiciones, mucho aprendizaje, y una realidad latente en todo el mundo: tenemos que cuidar de nuestros
niños y de la naturaleza, porque en el momento que esos dos pilares fallan no merece la pena luchar por otra cosa…
Subimos los últimos escalones…
Ya habíamos llegado, estábamos en el santuario del joven poderoso, el camino había acabado. A nuestras espaldas dejábamos lugares, momentos y personas, pero en cada uno de nosotros quedaba una huella, una marca que siempre formará parte de nosotros. Porque nosotros, chicos, hemos sido y siempre seremos Ruta inka 2009.
Pero… No lo olvidéis ¡La Ruta 2010 nos espera!
GRACIAS A TODOS
Rocío Rodríguez Soler (España)

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