Presentamos las crónicas que han resultado finalistas luego de una primera evaluación. Han participado en el presente concurso estudiantes de 6 nacionalidades, por lo que se ha optado por seleccionar uno por país, para luego elegir a los ganadores, con la colaboración de nuestros lectores, por lo que les agradeceremos los comentarios, críticas, sugerencias que estimen pertinente, que serán considerados por nuestro jurado.

Coordinación General


Comprender que és una minga – Inmaculada Sanchéz Trejo (España)

La primera vez que escuché la palabra “Minga” fue este verano en un pueblo llamado Tangua, al sur de Colombia en la provincia de Pasto, Nariño. Yo participaba en la “Ruta Inka 2009, hacia el Santuario del Joven Poderoso” y aunque no la volví a escuchar, para mi ha quedado muy claro su significado y además he visto reflejada ese gran valor a cada paso hacia adelante que dábamos en esos 40 días de travesía por los paisajes andinos de Colombia y Ecuador.

Supongo que, al igual que mis compañeros de ruta y yo, en un principio, no sabrán que es una Minga. Pues, de forma sensilla y breve significa: “celebración de amor, de vida, lo que reúne y aglutina para hacer un trabajo en conjunto” , en quechua es “minka”, su origen, en qué otro lugar la podía conocer si no era en su contexto natural, donde se habla y existe el legado de esta lengua.

Por si no les ha quedado demasiado claro o quieren ejemplos, están ante una buena oportunidad para descubrir esta gran palabra, que para mí es equivalente a la Ruta Inka que he vivido.

Empiezo por ese día que llegamos, como ya he dicho, a Tangua; un pueblecito hermoso del que no sabíamos de dónde podía haber salido tantísima gente, tan alegre y feliz a recibir a un grupo de 40 jóvenes expedicionarios. Y es que nada más llegar ya tenían preparados sus carros de madera sin motor de sus típicas carreras, algo tan popular allí e importante, que no dudaron en sacarlos para nuestro disfrute. Luego, tras la gran bienvenida, nos dirigimos todos en chiva, banda de música incluída, hacia las barriadas, donde en cada parada nos esperaba un gran grupo de niños con sus banderitas naranjas y bailaban para nosotros, o nos recitaban poemas, e incluso tuvimos la oportunidad de ver una representación de teatro en San Felipe, a la vez que podíamos pasear en caballo junto al río o degustar las riquísimas empanadillas caseras que prepararon para la ocasión un grupo de queridas señoras. Y claro, si todo lo organizaron en Minga, si cada   vecino de ese increíble pueblo hizo el gran esfuerzo de trabajar y organizar en grupo ese día para nosotros, pues como buena minga se precie, ese trabajo y dedicación se convirtió en una fiesta, en un día donde todos nos sentimos Tangua y comimos de la misma mesa que los tangueños, y donde bailamos todos juntos la Guareña, baile típico de ritmo pegadizo y fácil de aprender hasta bien entrada la noche: mujeres solteras con jóvenes ruteros, bailarines con las ruteras, organizadores de Corpotur Nariño con los más pequeños, y todos con todos hasta que aguantó el cuerpo. Y esa noche, cansados todos, no dejábamos de sonreír y pensar en el gran esfuerzo que Tangua hizo para darnos un día lleno de adrenalina, alegría y mucho amor sobre todo, que era lo más valioso que nos pudieron ofrecer.

Tangua fue un gran ejemplo de Minga, para el cual todo un pueblo se reunió al llamado, se movilizó y lo organizaron de tal forma que aquello fue una auténtica fiesta para todos.

Pero las Mingas no sólo están para trabajos en comunidad y para que de forma conjunta se hagan mejor y más rápido las cosas y no lleguen a suponer un cansancio. Yo pude ver Minga en la fiesta local del poblado indígena “La Esperanza”, en Ibarra, Ecuador. Esta fiesta nos sorprendió a todos por sorpresa, valga la redundancia; cuando pensamos que nuestra jornaba había terminado ese día, vimos que no podíamos avanzar con el autobús porque había muchísima gente en la calle bailando en círculos y cantando pero con gallinas en las manos y a la vez muy guapas y guapos todos con las coloridas faldas y esos pantalones tan varoniles hechos con cuero y piel de llama.

Claro estaba, bajamos del autobús y a los diez minutos todos introducidos en la fiesta de La Esperanza, y al igual que el resto, para no destacar demasiado, con gallina en mano y bailando en círculo. La música, las vestimentas, el trago, todo era entendible para nosotros en ese jolgorio de las fiestas de San Pedro y San Juan, pero por qué las gallinas. Cada vez había más gallinas y atadas a palos que los hombres soportaban de forma muy entusiasta, y pronto vimos que  depositaban las gallinas a un señor que decía: “muy bien, nos traen diez gallinas” y al rato ese mismo señor les decía a otro grupo: “tres os lleváis, nada más que tres, no queréis cuatro y un castillo” y nosotros mucha fiesta y mucho bailar pero realmente no entedíamos nada hasta que se nos explicó que si un año un grupo se lleva un ave, al año siguiente tiene que devolver dos, así hasta doce, por lo que sólo te puedes llevar un máximo de seis gallinas.  Y claro una cosa es la tradición y la fiesta y otra cosa es de dónde viene ese acto, y nosotros sólos, los últimos en abandonar aquel festejo, un grupo formado por un brasileño, dos polacas, un colombiano, una inglesa, una peruana y dos españolas; comprendimos y deducimos la importancia de compartir y lo bueno que es ofrecer gallinas a aquellos que ese año no las tienen para que puedan festejar como el resto su San Pedro y San Juan y todos satisfechos.

Y por último podemos hablar de otro pueblo como es Surcal, en el Cañar, poblado también indígena en un 70% de población y en el que se trabaja para un día a día más unido y compacto entre sus ciudadanos. De Surcal se puede decir que fue un día de compañerismo, otra de las cualidades de la Minga. Si el día empezó bien, mejor acabó. Recuerdo esa imagen de Jessica, de Inglaterra recorriendo las veredas y los caminos de la localidad agarrada de la mano de unas seis niñas, sin soltarse en ningún momento, escuchando sus historias. Ya más tarde todos juntos, los niños, padres, vecinos y ruteros, disfrutamos de aquella gran “pampamesa” en el campo y no podían faltar más tarde los juegos con los niños, donde no se sabía quiénes se divertían más, si ellos o nosotros mismos recordando los juegos de la infancia. Los que no jugaban, tacaban la guitarra con los mayores y cantaban   juntos, o simplemente conversaban…allí nadie se aburrió, y normal, porque todo ese trabajo de preparar la comida para tanta gente, llevarla hasta allí y organizar luego en la noche una pequeña fiesta con música típica ecuatoriana y reunir a tanta gente de tan diferentes edades acabó siendo otra celebración para todos.

Pero si les tengo que hablar de la auténtica Minga, de la que más  aprendí  y por la que todos nos hemos esforzado y seguimos trabajando para ver cumplidos unos sueños, un trabajo costoso y una obra social, les tengo que hablar de la propia Ruta Inka 2009, la que me dio la oportunidad de escuchar esa palabra que tanto les he repetido ya y la que me enseñó y lo sigue haciendo cada día su importante valor.

Ruta Inka es la gran Minga porque todos acudimos a su llamado, ese que la Asociación Ruta Inka hizo y todos fuimos sin saber exactamente a qué pero con muchísimas ganas, todos por una labor social. Y empezó todo, poco a poco nos fuimos concienciando  de la importancia que tiene este trabajo que es Ruta Inka y de reconocer a las culturas y pueblos indígenas por lo que pasa y convertirnos en sus embajadores. Pronto conocimos el valor de compartir, al igual que como en una Minga, donde las familias llevan alimentos para una mesa en común, nosotros nos dábamos lo que teníamos y más, un fármaco, agua, chocolatinas, panela, ropa para soportar el frío durante las caminatas hacia las lagunas…

El compañerismo en la Minga también es imprescindible, porque cuando había que andar y alguien se quedaba atrás siempre otro lo esperaba y animaba, y cuando tuvimos que atravesar el riachuelo La Serpiente andando, cerca ya de Ingapirca, nuestro compañero Javier, de Ecuador, se ofreció a llevar a muchos a hombros y no le importaron las veces que tuvo que cruzar el río descalzo.

Algo muy desarrollado también fue el sentido de colaboración, en momentos como en visitas a orfanatos donde todos aportábamos lo que sabíamos y nuestra compañía  para que esos niños disfrutaran de una tarde diferente.

Y con todo el trabajo en equipo, organizando, por parte de la Asociación como de las diferentes instituciones y los ruteros, se lograban cosas en muy poco tiempo y disfrutando haciéndolas. No olvidaré como en apenas una hora de reunión en las oficinas de la Marina, en Quito, pudo salir organizada toda una semana de Ruta, yendo a Manta, logrando los barcos para alistar las ballenas jorobadas en el Pacífico y recorrer la Costa del Sol hasta llegar a Salinas.

Y claro, cuando se trabaja en Minga, se logran objetivos,  la Ruta llega a su punto final, Ingapirca, todos nos sentimos orgullosos de lo vivido y lo trabajado, pues Ruta Inka somos todos, municipalidades, organizadores, ejército, universidades, guías turísticos, vecinos y ruteros. Y todos felices y contentos y más cuando todos trabajamos por algo importante que si bien no representa un importante esfuerzo físico ni se hace en unos días, es algo por lo que todos estamos, tanto antes de empezar la ruta, durante y después, luchando. Eso es Ruta Inka y ha sido mi Ruta Inka 2009,  un trabajo en grupo que además de no suponer ningún esfuerzo se convirtió en una auténtica fiesta y celebración diaria de amor hacia la gente y la tierra, a países como Colombia y Ecuador y hacia mis compañeros, cada uno de un país diferente, de una cultura distinta y a la vez muy parecidas a veces y con una cosmovisión, en momentos totalmente opuestas, de los que también he aprendido mucho, gente que ha enriquece bastante mi aventura.

Por todo esto y muchas cosas más, imposibles de reflejar en un papel o con las que estaría horas y más horas narrando aventuras, curiosidades e impresiones, seguimos trabajando  con el mismo ánimo, tras haber terminado nuestra travesía, por y para esta Asociación, difunciendo la cultura indígena y sus tradiciones, como sus embajadores. Para que todos juntos podamos lograr esos objetivos, la ilusión de un mundial reconocimiento de esas sendas del “Quapac Ñhan” y para que muchos ruteros más y por muchos años tengan la oportunidad de descubrir qué es una Minga; no olviden el valor que conlleva y su importancia, pues sin Minga, Ruta Inka no sería posible.

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Cuando la pasión te llama – Gustavo de la Fuente (Argentina)

Es tan difícil poder describir lo que me has dado.

Es tan difícil quizás decir que exististe, porque qué triste fue dejarte.

Si desde el sur de Colombia llegaste y en el corazón ecuatoriano me abandonaste.

Muchas cosas me dieron alegría en mi vida, pocas cosas me enriquecieron tanto.

El soñar no cuesta nada y los sueños iluminan las ventanas de nuestro interior.

El querer viajar por las tierras que me hiciste conocer, siempre estuvo presente en mi vida, a veces las circunstancias te ponen de un lado que no quisieras estar, pero tu me regalaste la dicha de la grandeza. Fuiste tu quien abrió aun más mi mente y no es poco lo que te debo.

Tulcán! Tierra de cerros, gruta, emblemático cementerio y arrayanes…ahí es donde nos presentaron, una tarde templada llena de ansias y alegría, si de solo pensarlo se me eriza la piel. Aunque supe anticipadamente que venias con “unos cuantos amigos” nunca pensé que me los guardaría para siempre en mi pecho.

Y nos empezamos a conocer, la curiosidad de tu ser me envolvía de alegría, y “ellos”, esos treinta nueve soñadores al igual que yo, empezaban a invitarme a quererte.

No fue en vano, pensé. Comencé a adentrarme en ti, las risas y las anécdotas de ellos me acercaban cada vez más a tus entrañas y la realidad era difusa, mi felicidad: engrandecida.

Y nos fuimos conociendo mejor, contigo y con “ellos”. Fue Ibarra quien nos siguió alimentando de alegría. Fue su “castillo”, su “laguna de sangre”, sus tentadores helados, sus “San Juanes” y su folclore, fue la sonrisa de esa niña solitaria que peleaba por su educación mientras sus padres en el viejo continente buscan su porvenir. Fue eso y mucho más. Estoy seguro.

Y así nos mudamos, como olvidarte alta laguna, si te recorrimos bajo tu cielo lluvioso.

Otavalo, las manos de nuestros hermanos te nutren en artesanías y tus tradiciones tan vivas son admirables. Y te ibas haciendo parte de mí ser. Cuanta gente en los caminos, cuanta gente dentro tuyo… Gracias por ser sudamericano!

Y te vimos Quito… llegamos a ti en una corta visita. Quien iba a pensar que tus calles me aquerenciaran tanto, quizás fue tu gente, quizás fue tu historia, no sé…  el destino y los medios nos jugaron una broma, lo mejor fue que de aquello aprendí mucho.

Fue aquí donde nos vimos débiles, retrasados por las inclemencias del contexto, pero pucha que es muy cierto que cuando se quiere… se puede.

Fue que entonces se nos cambiaron los papeles y fue tu líder quien de nuevo puso el hombro, cual insaciable soñador que templó nuestra incertidumbre.

Los cuarteles fueron nuestras casas, y artífices de nuestro hogar.

Manabí, Manta – Jaramijó te conocíamos… el perfume de la brisa marina está aun en mi memoria. Tu sol brilló para nosotros. Ahora si… no existía duda alguna, te me estabas metiendo para no salir más.

Guitarra, cantos, confraternización. Dejaron de ser ellos, éramos “nosotros”.

Si cuando las adversidades nos quisieron separar, tu espíritu nos unió, como no quererte!

El camino continuaba y el tiempo era el tirano más temible. La presencia de tu partida era cada vez más latente y a veces llegó a difuminar nuestros pensamientos.

Disfrutarte, darte ánimo, eso es lo que queríamos. Cumplir nuestra misión, tu misión… descubriendo a nuestros hermanos en un Ecuador, que ya no era Ecuador, si no Mi Ecuador, mi gente, mis hermanos.

Ballenas cercanas nos regaló Puerto López.

En Salinas risas de niños pintados nos alegraron la tarde.

Guayaquil fugaz pasaste con tu malecón y fue la selva quien nos vio llegar.

Por Dios, que hospitalidad! Si al final de cuentas nos quieren… no lo crees?

Humedad y calor. Serpientes inmensas, misterioso río y cavernas oscuras nos esperaron en Puyo. Como olvidarme de él y de sus soldados, hermanos nativos, si fueron ellos quienes  nos mostraron que es posible, al igual que nuestro objetivo, luchar por nuestras tradiciones… Hallalla Puyo! Hallalla IWIAS!

Y si, tu bendita geografía mi Ecuador, me sorprendía cada  vez más. Sin pensarlo ya estábamos en Ambato. Tu gente nos conmovió, tu universidad nos acogió. Parte de nuestra integridad te pertenecía y fue el deporte y tu alegría quien nos recordaba que cada vez éramos menos adentro de “ella”…. “la Ruta”, éramos menos porque nos íbamos haciendo UNO.

Las banderas eran solo representativas y los lazos se apretaban, con el temor del regreso.

Rieles, frío, feria y hermanos nos esperaban en Riobamba. Nos abríamos de brazos para agrandarte un poco.

Los días se empezaban a contar y los lazos que se habían apretado, hoy estaban con seguridad, ceñidos, hoy éramos una Familia.

Y llegamos Cañar, Si! Llegamos! Pensar que muchos no te tenían fe no?

Fue entonces el comienzo del final.

Como explicar la hospitalidad de tu gente Cañar, no puedo decirte más que gracias.

Gracias por habernos puesto en tu cuna y alimentarnos de tanta energía.

Biblían con su calida bienvenida y su místico santuario.

El Tambo, son sus rieles y la integración por medio de rituales de hermanos, quienes nos emocionaron hasta el límite.

Suscal con sus senderos llenos de vegetación.

Cuenca, me viste enfermo, pero con la seguridad de que nunca te olvidaré. Como olvidarte si en tan poco tiempo admiré tu belleza, tienes magia que enamora.

Cómo? En un día más te me vas? Pero a caso pasó tanto tiempo?

La verdad que es más que una sorpresa, te tengo al frente mío Santuario de Ingapirca… no tengo palabras para decir lo que siento.

Si fuiste tu el que me unió a ella, si fuiste tú el que nos hizo “nosotros”, eres el padre de de nuestra Familia. Te recorremos con asombro y aprendemos de ti.

Nuestros hermanos nativos te crearon y hoy somos nosotros quienes no quieren dejarte.

Y la realidad hoy se vuelve cruel y la despedida toca nuestras puertas. Las dudas del reencuentro se funden en abrazos emotivos y tus canciones se dibujan en nuestros labios con euforia y ganas de no dejarte ir.

Ruta, Ruta Inka, amada mía, no pienses que soy cursi al escribirte así, pero aunque no lo creas has sido tú, quien ha generado esto.

A veces es tan difícil poder pensar en cumplir nuestros sueños y realizaciones como humanos y sin embargo tú, fuiste y serás “la realidad más real” que he podido vivir.

Cuando las barreras entre los sueños y el cumplimiento de los mismos, se rompen, estoy seguro que es por el deseo mismo de cumplirlos, ese deseo que se alimenta día a día de hacer algo por lo creemos y anhelamos.

Nuestros pueblos, nuestra gente, nos uniste y abrigaste.

Hay un motor que te mueve Ruta, tienes un admirable líder fundador y aunque existe gente que no se da cuenta de tu magnitud, hay gente siempre  te brindará su apoyo.

Humilde naciste y llevas dentro tuyo esa sencillez acogedora y energizante.

Porque nos inyectaste fuerzas cuando pensamos que no las había.

Porque me hiciste proactivo en tiempos de incertidumbre.

Porque me diste la gracias de conocer a tantas personas dentro y fuera tuyo.

Porque en tu camino ví de cerca las tradiciones de nuestros ancestros y me impregnaste de realidad.

Porque en tí englobas mis ideales.

Porque me diste una familia… y sobre todo porque eres tan noble en tu esencia….

Gracias Ruta!

Hoy te escribo y te recuerdo que así como fuiste tan poderosa y me uniste a ti, así de poderosos son tus ideales y tus principios.

Sé que no morirás, se que las adversidades solo te avivarán, te harán mas fuerte y se también que nuestra familia tendrá presente tus objetivos para que sigas creciendo, porque no es poco lo que nos has dado, no es poco para los que estamos dentro tuyo y no es poco para aquellos que necesitan de tí.

Quizás haya cosas dentro de casa que tengamos que arreglar pero es bueno recordar que… “Caminante no hay camino, se hace camino al andar…”

Ese camino hay que hacerlo. El trabajo recién comienza.

Nuevamente, Gracias Ruta, Gracias Familia….

Te extraño y espero verte pronto.

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El sueño de los jóvenes poderosos- Vitor Taveira (Brasil)

Ha sido mejor que un sueño. Despertar temprano a cada mañana y ver que continuaríamos a vivir aquella experiencia con nuestros compañeros en la Ruta Inka a explorar algún lugar de lo cual no sabíamos que esperar.

Solamente después de cuarenta días finalmente nos despertaríamos en nuestras camas, pensando que habíamos apenas soñado que la Ruta había terminado, pero de hecho lo había. La cama confortable, un rico desayuno, un fuerte abrazo de la mamá, el periódico del día en la mesa y ¡la computadora con internet en el escritorio! Todo muy tranquilo pero una rara sensación… imagino que en ese momento una cierta expedicionaria estaría gritando su frase más famosa: “¡Devuelve mi vida, carajo!”

Creo que hemos tomado una adicción de Ruta Inka, que nos ha dejado una resaca o abstinencia. Pensé que quizás si yo tuviera pedido a los indígenas Quillasingas un poco de la Yaguasca, su bebida sagrada y alucinógena, me podría volver en el tiempo o tentar hablar con los dioses para que me hiciesen vivir todo eso otra vez.

Que pudiera conocer cuarenta personas jóvenes y con el mismo espíritu de aventura que yo. Que llegase a Pasto y tímidamente fuéramos presentados unos a otros con las mismas preguntas: ¿cómo te llamas? ¿De donde eres? ¿Qué estudias?, etc. Pero que la timidez se fuera toda expulsa en la primera noche al escuchar la irresistible música del tradicional carnaval de negros y blancos del departamento colombiano de Nariño.

Y ahí viajaríamos por Colombia y Ecuador, nos quedaríamos en cuarteles donde muchos militares nos tratarían con sorprendente cordialidad y amistad. Pasaríamos por comunidades donde indígenas que poco tienen nos ofrecerían sus comidas, sus abrazos y nos invitarían a bailar siempre. Después nos llevarían a conocer las bellezas de sus tierras. Podríamos jugar con los incansables niños del orfanato, que del alto de nuestros hombros podían avistar y nos mostrar un mundo más alegre que antes.

Pensé que en un delirio podría volar en las alas de un cóndor que me llevaría a ver otra vez pero desde arriba el Volcán Cotopaxi, las lagunas Telpiz, Verde, Yauharcocha, Mojanda y Culebrillas, el Santuario de Lajas. Después bajase a la costa, volando bajo para ver otra vez de cerca las ballenas en la provincia ecuatoriana de Manabí. Solamente no sería novedad volar sobre la exuberante belleza de Mindo, donde ya habíamos disfrutado de la fantástica aventura de practicar el canopy, bajando en cables de acero arriba de la selva amazónica.

El  cóndor pasaría por la Mitad del Mundo, por el final de mi viaje y por el comienzo de mis sueños. Me mostraría las sonrisas del inicio, el aprendizaje durante el recorrido y las lágrimas dejadas al fin. Al final se posaría en las ruinas de Ingapirca, en el Santuario de Huayna Cápac, el Joven Poderoso. Allá me dejaría e iba salir en vuelo a buscar otros compañeros dispuestos a revivir ese viaje loco, alucinante. Luego seríamos cuarenta otra vez, pero ahora cuarenta jóvenes poderosos manejando el tiempo, volviendo atrás y jugando con el destino, desafiando los patrones occidentales que separan tan rígidamente presente, pasado y futuro.

Pero luego pasaría el efecto de esa alucinación y tendríamos que volver a la vida real, enfrentarla, buscar alguna esencia y sentido en ella. Encontrar algo que quede de esa experiencia que construimos a cada día, la vida.

Lo más importante, sin dudas, ha sido que cada joven ha podido encontrar y descubrir su propio poder. Estar alejado de su ciudad, casa, amigos y familias conociendo a cada día nuevas historias, lugares y culturas, compartir la simplicidad de la gente que hace siglos vive sus tradiciones, es sin duda una experiencia fantástica de autoconocimiento.

Al mismo tiempo encontrar nuevas casas, amigos y familias durante ese recorrido trae una energía especial, un combustible para luchar y establecerse en un mundo donde todo parece estar de patas arriba. Sobre todo despierta un sentimiento de humanismo y de igualdad en relación a los otros seres humanos, de todas nacionalidades, culturas, condiciones económica o edad. Aprendimos a vivir cada día, cada minuto con más intensidad, a perder la vergüenza de bailar, el recelo de abrazar, el miedo de tocar la gente y las cosas, dejamos para atrás el temor de enfrentar nuestros temores y explorar lo que desconocemos. Aprendimos a amar con facilidad a personas ya que sabemos que pronto no estarán más cerca de nosotros. Sustituimos el adiós por hasta luego, mismo sin saber cuánto durará este “luego” o si él existirá algún día; pero mismo que suene una cierta incertidumbre suena más fuerte la esperanza.

Por donde pasamos dejamos huellas, algunas visibles otras no. Pero un pedazo de nosotros queda por allá: hicimos historia. Aprendimos, maduremos, crecemos. Crecer no significa necesariamente dejar de ser joven. Lo que define la juventud es la capacidad de soñar y de hacer de sus sueños realidad. Crecer significa adquirir responsabilidades. Salimos entonces con ese reto: luchar por nuevo tiempo, un Pachacutic, como dirán nuestros hermanos indígenas.

Ese nuevo mundo tiene mucho que aprender con los antepasados suramericanos. Con la defensa de una cosmovisión que respete la Pachamama, Madre Tierra, a quien todo debemos, y donde se pueda tener como base la solidaridad humana. Que seamos los chaskis modernos, mensajeros del siglo 21. Trabajemos en minga, aportando solidariamente como podemos para llevar adelante este recado y ayudando a construir un nuevo Qhapaq Ñan, un camino poderoso que pueda conectar todo el planeta en un Tahuantinsuyo contemporáneo, donde haya en los cuatro cantos uno solo sentimiento de paz, respeto y integración. Seamos defensores de un nuevo mundo, donde mande la naturaleza y pueda caber la humanidad.

Parece un sueño. Y es justamente por eso tenemos la obligación de vivirlo.

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La historia de la pelota amarilla- Sarah Tamayo Isaías (Bolivia)

“You may say I’m a dreamer
But I’m not the only one
I hope someday you’ll join us
And the world will be as one”
The Beatles – Imagine

Fueron 40 días de viaje, de aventuras, historias y descubrimiento. Fueron 40 días de los 7600 días que llevo existiendo.  Representa aproximadamente el 0,52% de mi vida, parece insignificante, ya lo sé. Pero ese 0,52% de vida que pase junto a la Ruta Inka marcaron el resto. Y sé que al final de mis días cuando tenga que re-ponderar los momentos más importantes, la Ruta representará un porcentaje muy alto. Porque, un mes después, cuando ya asimilé el volver a casa, el volver a la rutina, ya acepté que no puedo cambiar de ciudad cada dos 2 días. Ahora, cuando recojo algunos frutos, me doy cuenta de lo importante que fue esta experiencia.

No pretendo relatar exactamente lo que paso en los 40 días, porque no me alcanzarían las palabras. Los paisajes maravillosos que vi tanto en Colombia como en Ecuador, aquellos lugares que la naturaleza los lanzo al azar en el mundo o aquellos que el propio hombre pudo construir con tanta habilidad. Estar en la ciudad mitad del mundo y darme cuenta que si existe el norte y el sur.

La cultura ecuatoriana nos enriqueció y pude sumergirme en ella. La diversidad que existe en todo el país, pasar del frio seco de Tulcan, al calor  de las playas de Manabí, luego a la humedad de
la amazonia de Pastaza y nuevamente al frio en Cañar, donde encontramos nuestro destino.

Aproximadamente a los 20 días de ruta sucedió algo que me hizo entender porque hacemos la ruta Inka y cuál es nuestra misión como ruteros.

Una tarde de domingo, a diferencia de muchasciudades del mundo, el centro de Quito estaba lleno de personas. Ancianos reunidos en la plaza principal conversando, grupos religiosos que acaparaban la atención de quien pasaba, personas que cantaban en las calles. Niños y adultos disfrutaban de la ciudad. Ahí estábamos nosotros, cinco ruteros: Gustavo (Argentina), Pepe (Chile), Rocío (España), Panchito (Colombia) y, obviamente, yo.

Recorrimos esas calles que además del desarrollo y modernidad que muestra la ciudad, refleja toda su historia. Casas coloniales con flores en los balcones, las Iglesias, algunas calles eran estrechas, podía imaginar que por ahí pasaban carrozas y ahora, cabe solo un puñado de personas.

Encontramos una pelota amarilla en un centro de juegos infantiles. Era una pelota común y corriente. Una esfera amarilla, de plástico barato y algo desgastado. Inesperadamente Panchito dejó caer la pelota al suelo y con un ligero golpe se la paso a Gustavo. Quien sonriendo se la paso a Rocío, que no pudo atraparla – nunca fue muy hábil – pero, Pepe no  podía permitir que se pierda nuestro nuevo juguete, y corrió a atraparla, la pateo con fuerza y sin rumbo. Inmediatamente un total desconocido la atrapó y la volvió a golpear; caminamos por las calles jugando, veíamos como las personas corrían de un extremo a otro para participar pateando nuestra pelota amarilla.

La pelota paso por niños, niñas, señores de corbata, ancianos que se mantenían sentados en la banca de la plaza, solo estiraban la pierna para pasarnos la bola, y señoras que parecía que no habían jugado con un balón hace mucho tiempo. Esa pelota amarilla saco sonrisas y transformo un domingo normal.

La llamamos “La pelota de la paz” porque logró que individuos que nunca se habían visto antes se integren con un mismo fin. Al igual que la Ruta Inka logró que jóvenes de todo el mundo, totalmente desconocidos entre sí, con diferentes idiomas, ideas, educación, religión, y distinto estilo de vida nos unamos con un único fin, ser embajadores de los pueblos latinoamericanos. En esos momentos es cuando uno se pone a reflexionar ¿Cómo algo tan simple puede lograr tanto?

La Ruta Inka nos da la oportunidad de ser una “pelota amarilla” e ir de lugar en lugar tocando corazones y haciendo distinto el día a día. Cuando pasé por Funes (Colombia), tuve la oportunidad
de acercarme a los niños y niñas del lugar, contándoles fantasiosas historias, corriendo por las calles y jugando. A pesar de que ese día me sentía muy enferma, sé que logre alegrarlos con mi entusiasmo. El padre Francisco en agradecimiento por haber sido “buena” con los niños me obsequio un sombrero, “mi sombrero de vaquero”. Pero, quien quedo plenamente agradecida fui yo, porque los niños y niñas de 5to grado me recordaron porque aun tengo tanta fe en la humanidad. Mi sombrero legendario me acompañó durante toda la ruta y, aun lo tengo en mi habitación ya que representa un vínculo con las pequeñas personas de grandes corazones y mucha picardía que conocí y espero volver a encontrar.

Fui lanzada a un gran reto: subir al Cotopaxi. La audacia me ayudo bastante, pero sobre todo el compañerismo entre los ruteros. Sí llegamos a la cima es porque nos mantuvimos unidos. Ver tal belleza natural hizo que el frio, el cansancio y el hambre se nos olvidaran. Los glaciales, el cielo, el Cotopaxi en toda su plenitud era maravilloso.

El destino me llevó rodando a un orfanato, donde compartimos con niños que necesitaban mucho cariño. Les dimos toda nuestra energía y amor, quizás no haya sido suficiente pero de ha poquito se logra el cambio. Ahí pinté una mariposa en el rostro de una niña, con alas enormes y muchos colores. Quizás si la vida se comporta algo justa, estás alas la llevaran lejos y su vida se llenara de tonalidades.

Siempre fui una persona algo perezosa. Pero con los retos que atravesamos en la ruta, no había tiempo para la flojera. El “Camino del inka” o “Inganan” fue el desafío más grande. Partimos de la laguna de Culebrillas en la provincia del Cañar rumbo al santuario del joven poderoso, rumbo a las ruinas de Ingapirca. Fueron 3 o 4 horas de caminata, hacía frío y llovía esporádicamente. El terreno era pantanoso, recuerdo que teníamos que caminar con mucho cuidado porque podías caer en un charco. Ahora que lo pienso, para que tanto esfuerzo, si al final todos terminamos empapados. Fue difícil, lo admito, pero cuando estaba a punto de desertar me decía a mi misma: “llegué a la Laguna Verde en Tuqueres- Colombia, subí al volcán activo más alto del mundo el “Cotopaxi”, me lancé de 156 metros de altura haciendo canopy en Mindo, salté dos metros dentro de una cueva, me puse una boa al cuello, bailé durante toda la ruta, pasé días sin dormir, sin ducharme y no voy a terminar el
Camino del Inka. ¡Imposible!”. Descubrí que la determinación nos puede llevar más lejos de lo que creemos.

La vida nos da sutiles golpes y el destino nos lleva a lugares que jamás hubiéramos imaginado, y es cuando toca preguntarnos: ¿por qué? Todos tenemos una misión, la Ruta Inka simplemente es un facilitador de sueños y esperanza.

No pasemos desapercibidos, si la pelota amarilla nunca hubiera salido de aquel parque infantil, no hubiera podido robar sonrisas a adultos, jóvenes y niños; no hubiera podido unir a completos desconocidos. Si nosotros como jóvenes y ruteros no nos aventuramos a salir un tiempo de nuestros hogares, no podremos hacer grandes ni pequeñas cosas, no podremos crecer como individuos y ni como sociedad integral.

Se estarán preguntando: ¿Dónde está ahora la pelota amarilla?, pero es algo que yo no puedo responder. La gravedad la llevo a estancarse dentro de un portón y no pudimos recuperarla. Supongo, que un día alguien abrió la puerta y la levantó, se la dio a alguien más, probablemente, a un niño. Ese niño jugará y luego la perderá de vista. Nunca sabremos su destino final, pero si podemos estar seguros que todas las “pelotas amarillas” del planeta, están acá para contribuir positivamente a la sociedad. No es tan difícil hacer un mundo mejor.

¡Gracias Ruta Inka 2009!

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Mis países sorpresa Colombia y Ecuador- Sara Vicente Paitán (Perú)

“Yo llegué al Santuario  del Joven Poderoso por las sendas del Qapaq Ñam, guiada por las fuerzas de mi INTI, mi WAYRA Y mi PACHAMAMA…”

Me encuentro transitando un día común por la universidad, mi UNCP; exactamente es el mes de Junio… Voy con mi folder en mano en su interior guardo trabajos monográficos, copias de lectura, ensayos…; propios de un estudiante universitario más aún de Sociología, llevo una bolsa que cuelga mi hombro con algunos cuadernos y apuntes… Ese día el sol, mi Inti brillaba esplendoroso, creo que tenía guardado algo muy especial para mí… Tengo mi mente llena de pensamientos, inquietudes, conocimientos, recuerdos de los días anteriores, mi familia. De cómo me iría este día  en la universidad… Voy caminando presurosa, puesto que tengo algo qué hacer, pero no sé que… Tengo por fin descubrir algo más… Sigo pensando y camino, le soy indiferente a lo que me rodea, pero mi Inti y mi Wayra daban lo mejor de sí. Lo único que recuerdo es que todavía no eran mis horas de clase, había algo que me tenía bastante inquieta… algo que invadía mi mente. Era la duda que un compañero de mi curso me había dicho un día antes  “La secretaria de la facultad quiere verte es para un asunto urgente, ve antes de las horas de clase”… Transito por el campus universitario, por los pabellones que conforman la Universidad Nacional del Centro del Perú paso a paso. Con la mente ocupada… Temerosa, ya que tenía una cita en Secretaría, pensaba que se trataban de asuntos sobre mi rendimiento académico, aunque sabía que andaba bien en mis notas, tal vez alguna irregularidad en mi matrícula…

No sabía que pensar, sólo tenía preguntas en mi mente. Algo que no esperaba  era que ese día mi vida cambiaría rotundamente. Llegando a mi destino me dan la noticia, una noticia inesperada con la cual mi corazón no dejaba de latir. Estaba muy impaciente; mi temor era que algo malo se vendría… La razón era la llegada de un oficio a mi Facultad, dicho documento provenía del área de Transferencia Tecnológica, en el cual solicitaban a un estudiante que representaría a la Facultad en la participación del evento Ruta Inka 2009, para la cual en la Facultad donde estudio; habían hecho una selección de los demás estudiantes de mi misma carrera profesional, mediante una revisión general de todos los alumnos que tuviesen buen rendimiento académico… y para sorpresa mía esa alumna elegida fui yo. Era como sí ese día hubiera tenido un encuentro con la Pachamama, eso era señal de buen augurio, un buen comienzo… Lo único que se me informó sobre la Ruta Inka es que yo tenía que someterme al concurso interno de mi universidad y participar para la selección en Ruta Inka, fue todo lo que me dijo, más aún de hacer una réplica a mi regreso. No entendía mucho, pero estaba muy nerviosa e inquieta ya que accedí a aceptar todo, para suerte mía… Lo único que dije: “Claro”, palabras cortas…, mi docente finalmente me indicó que revisara la página web. Ese día fue un trajín de emociones. Pues iba y venía de la oficina para arreglar algunos trámites de documentos. Mis compañeros me veían algo preocupada, no les dije nada, por que aún no entendía muy bien que yo formaría parte de algo interesante Ruta Inka, Uau!!! ¿Qué será la Ruta Inka?, sólo me quedé pensando… El día parecía seguir su rumbo con normalidad, pero mi curiosidad ya invadía mi aula de clases, los conocimientos impartidos durante las horas se hacían lejanos para mi, la duda de aquel oficio me tenía inquieta…

Hasta que por fin las horas de clase ya terminaban y junto con mis compañeras más cercanas  en el aula nos dirigimos al Internet más cercano, algo les había dicho de mi rara actitud y previa preparación para participar del evento Ruta Inka; después de haber dialogado con las autoridades mi facultad. Lo único que dije: “Estoy nerviosa”, este evento serán unos días, no lo sé… Pero algo cambió ese momento grande fue la sorpresa que me llevé. Ese día me levanté con buenos augurios si mi Inti ya me lo anunciaba brillando más que nunca para mí, mi Wayra me llenó de ráfagas alentadoras, la Pachamama majestuosa me generaba hospitalidad era mi día de suerte.  Las cosas se tornaron increíbles cuando ingresé a la página web. Era algo extraño, emocionante, magnífico, increíble… Miles de emociones invadían mi ser, no lo podía creer por un momento le dije a una de mis amigas:” ¿Estás segura qué es la página web? Lo era sin duda alguna. Yo no terminaba de salir del asombro, lo que se decía de Ruta Inka se definía en una embajada de integración cultural que reunía jóvenes estudiantes de distintos países del mundo, interesados en revalorar su identidad con las culturas andinas, una ruta que sobrepasaba los límites.

Un evento que tenía como contextos Ecuador y Colombia… Las bases del concurso que se me habían señalado estaban allí, me emocioné muchísimo al saber todo ello. Imaginaba por momentos que mi selección oficial ya era un hecho, emociones invadían mi ser, puesto que durante mi vida universitaria como estudiante de Sociología habíamos realizado estudios, a partir de la cultura, la revaloración cultural, la cosmovisión andina de los pueblos, la realidad rural, las comunidades campesinas y rurales, el rescate de su cultura, tradiciones y costumbres la armonía de éstos con el medio ambiente, su historia, que nos fueron impartidas dentro de nuestras aulas… conocer otras realidades; ya no sólo mediante la historia como nos la habían contado. Era como si  los hitos históricos cobraran vida. La historia no sólo quedaba plasmada en los libros, sino que había esa posibilidad de estar cerca de ella, sentirla, respirarla, palparla… Vivir una aventura y seguir por el camino de nuestros antepasados el Qapaq Ñam, ¡Qué orgullo!… Todo pasó tan rápido la selección dentro de la universidad ya era realidad, sólo tenía algo en mente un compromiso de inspiración cultural, lleno de sueños… Ahora sólo dependía de mi selección en la Asociación Ruta Inka… cuando ya la lista de expedicionarios se colgó en la red, no lo podía creer, ya era parte de ello: Cerraba los ojos y los abría muchas veces para confirmar que no me había equivocado…

Es lo mejor que me ha pasado en la vida, siempre crecí amando lo mío, con una herencia cultural muy grata: Con mi huayno, mi huaylarsh, masticando mi cancha con mis abuelos, mis habas, mi mashua, mi chuño, mi pachamanca, mi papa la huancaína, mi himno, mi gente, mis raíces wankas, mis paisajes no tengo palabras para definir mi tierra maravillosa… Mi región, mi país, estoy orgullosa de ser Huancaína, “Mi Ciudad Incontrastable” todo ello lo guardé en mi corazón… pues era mío una herencia cultural que desde pequeña me habían enseñado a amar, con lo que me fui hasta Colombia y Ecuador… Todo lo que extrañé en estos 40 días… Sobre todo los poderes de mis dioses andinos.

Algo interesante ha sido el apoyo de mi universidad como institución comprometida con eventos culturales de gran auge; algo a lo que se debe prestar atención es al apoyo e interés de diversas instituciones académicas, con el fin no sólo de formar profesionales, sino de formar personas que amen lo suyo y se sientan orgullosos de lo que tienen y se comprometan con su historia y cultura…

Todo fluye, como diría el filósofo Heráclito… Todo pasó tan rápido. Sólo me quedé pensando de cómo sería mi aventura, mis senderos en esta expedición, las relaciones sociales e interculturales entre todos, la identidad cultural de cada uno de nosotros, una gran aventura… He aquí mis aventuras inolvidables…

Mis aventuras por el Qapaq Ñam…

… Sólo sé que al cerrar los ojos ya me encontraba en la majestuosa e histórica ciudad de Pasto; el día que cambió mi vida, pues en ese momento me llené de muchas sorpresas, era como una cajita de regalos con sorpresas que tu no sabes que pueda contener dentro, así me sentía. Mis pasos por el Qapaq Ñam ya empezaban, tenía mis pequeñas mochilas en la mano, una zampoña, una bolsita recuerdo de los Uros, Puno que resaltaban los colores andinos de mi Perú… algunos pesos colombianos y dólares que cambié en la frontera. Este era mi momento, mi experiencia…

Tengo muchos recuerdos de mi paso por Colombia y Ecuador… Como olvidar aquella experiencia tan gratificante llena de intensas y emocionantes caminatas, conversaciones interesantes donde la cultura era el tema que brillaba permanentemente, sin duda alguna era toda una embajada motivada por el encanto de la Pachamama, el Inti, la Wayra, nuestros dioses andinos que sin duda alguna definen la cultura andina, mi cultura andina, mis senderos, mis caminos del inka. Mis países sorpresa Colombia y Ecuador, por donde yo  llegué al Santuario del Joven Poderoso, por las sendas del Qapaq Ñam, guiada por la fuerza de mi INTI,  mi WAYRA Y  mi PACHAMAMA…”

Un mundo lleno de majestuosidad y misterio. Todo era muy diferente, y es ahí cuando mi cosmovisión andina cambiaba, puesto que me hacía amar más los mío. Amar y admirar todas las culturas.

Miles de recuerdos me invaden…

…Como olvidar mi carrito de Tangua en el cual todos nos subimos y con una gran expectativa ese día la gente nos esperaba en dicha Municipalidad, fui motivada por la emoción y el encanto de su gente sintiéndome en casa pues ya había encontrado muchos miembros de mi familia… Ecuatorianos y colombianos…

Recuerdo las  sonrisas, las palabras amables de guía un adolescente en edad escolar  Jhonatan se llamaba, él cuán sabio conocedor de su historia me guió por Pasto, sin duda es de gran valor que jovencitos de educación secundaria conozcan  y amen lo suyo eso es lo que la juventud debe hacer pensar en lo suyo…

Aún creo que tengo la inmensa calabaza que me regalaron en una de las tantas comunidades de Tangua que visitamos con nuestra “chiva” al son dela banda y la alegría nuestra. Como olvidar aquella imagen paternal de dicho hombre que con una mirada llena de esperanza y anhelo me expresaba su cariño y agradecimiento, como si quisiera que todo el mundo conociera lo suyo. Sus palabras eran muy cálidas y con un toque del dejo colombiano me decían: “Señorita llévate esta calabaza hasta tu país, para que vuelvas pronto”.

Sólo sé que me llené de alegría y pensaba en la grandeza del mundo andino que vive en el olvido, éstas son sin duda nuestras raíces culturales… Me sentí realmente fascinada y con mi calabaza en mano de más de 3 kilos seguí mi camino, quedando muy agradecida por su amabilidad, nunca olvidaré a ese hombre, ni a los niños que ese día gritaban y corrían tras la chiva emocionados con nuestra llegada; cuyas miradas reflejaran la esperanza de que su cultura estuviera a salvo con nosotros. Sin duda me sentí en casa.

Aún tengo el dolor de rodillas que me causó subir aun carrito tiiiiiiiittttt, titititit ese sonido invadía mi mente junto con la emoción de estar por vez primera en tierras colombianas, con la gente a le expectativa de nuestra llegada, quienes no paraban de aplaudirnos al hacer nuestro ingreso, una gran bienvenida. “con mucho gusto” “a la orden” lenguajes populares que expresaban la calidez de su gente, nuestra gente la majestuosidad de las flores que brillaban y adornaban el paisaje…, quien diría de nuestros paseos con las reinas de cada municipio, los alcaldes, parecíamos artistas… que sólo queríamos no ser tan reconocidos, pues todos éramos una familia.

En cada momento fuimos gratificados y reconocidos como mejores estudiantes del mundo, lo éramos pero creo que lo mejor de ello era el premio que habíamos recibido. El tener frente a nosotros a maravillas históricas que sin duda nos dejaba con la boca abierta. Aún siento el sabor de las wawas de pan en Obonuco donde nos nombraron compadres y comadres; recuerdos de las panelas, pan de bono, de la fritada, de las empanadas de viento, de la pampa mesa, el  delicioso sabor del tintico, de todas las delicias que probé y volveré a probar…

Siento en mis bolsillos el sonido de mis pesos colombianos, mis dólares ecuatorianos, en mi mano mi bandera, mis recuerditos, mis postales, mis folletos de museos y centros arqueológicos que visité, mis diplomas de reconocimiento, creo que todavía llevo en mi cuello mi credencial como socia honoraria de Ruta Inka, mi medalla, mi polo, algunas monedas que intercambié con mis hermanos expedicionarios… todo. Sentí el poder de mi Wayra y de mi Inti al realizar el Canopy en Mindo, y cuando llegué hasta Isla de la Corota en bote… Recuerdo la sonrisa de los niños que me pedían mi moneda nacional, cuán tesoro más preciado de colección para ellos.

Los eventos culturales de la mano de autoridades ediles y estudiantiles eran espectaculares, la ardua labor de la prensa que estaba pendiente de cada paso que dábamos, las Fuerzas Armadas al tanto de nuestra seguridad…

Las caminatas desde Colombia de la mano de Corpotur Nariño, la fiesta de blancos y negros, la marcha de banderas, en Ecuador la Municipalidad de Cañar, la escalada a la laguna de Telpiz, la laguna verde y negra, los Quillasingas, al imponente Cotopaxi, Baños, Latacunga… Manabí donde fuimos a ver las ballenas, todo un espectáculo en alta mar. En  Salinas cuando celebramos nuestras Fiestas Patrias a nuestro estilo con la solidaridad  de los demás expedicionarios que olvidando las fronteras eran parte ya de mi país, no había límites…

Ese día la persecución a los cangrejitos, los Iwia en el Fuerte Militar de Amazonas una maravilla, su lado andino y humano, el Batallón de Boyacá, la Policía de Turismo, El Frente Rumiñahui, Yaguachi, nuestros segundos hogares…

Los teatros en Ecuador y Colombia con espectáculos grandiosos, hemos visto una de las maravillas en plena naturaleza las Lajas. Nuestro paso por el centro del mundo cuando la línea Ecuatorial nos generaba emociones, mi aventura en la intemperie en el Tambo, de mi caminata por el ferrocarril, del tren que se descarriló… de las instalaciones de los fuertes militares, las caminatas por más de horas con cambios climáticos sorprendentes y a más de varios metros sobre el nivel del mar.  El Castillo de Ingapirca, Cuenca, las que Tengo todo, pero mi más bello recuerdo es la cultura, los días por Colombia y Ecuador.

Siento aún vibrar en mis oídos las voces y risas de los niños en los albergues, y recuerdo los juegos populares que compartimos con ellos, la canción del tallarín ofrecida por  mis amigas  paraguayas. “Yo tengo un tallarín, otro tallarín… lalalala”, la canción de Ruta Inka interpretada por André y muchos más nuestras actitudes ese día eran de niños otra vez.

Esas  criaturas inocentes necesitaban cariño… sus sonrisas invadían mi ser… Los equipos que formamos ese día  mostraban una gala de belleza reflejada en el niño interior de cada uno de nosotros. Aún recuerdo a Fabián un niño que se robó mi corazón, un ser especial, un hijo mío, que por unos instantes me dio a entender que es amor lo que necesita, mis momentos con él, nadie los arrancará de mi corazón son mis recuerdos; sus lagrimitas a la hora de la despedida.

También de Freddy un niño del albergue de niños especiales que hiciera su pataleta cuando nos fuimos y a quien yo atendiera cuán madre abnegada, la timidez de Rosa, el encanto de otra pequeñuela, ese día mi cara mostraba alegría.  Y tenía muchos colores, como de los pequeños también, pues habíamos llevado paletas para pintarnos las caras, hacer pulseritas.

Esa tarde fue magnífica, aunque las despedidas son tristes y más aún cuando uno está de paso… Sé que tengo más por hacer, volver y me pregunto ahora porque hay personas que abandonan niños, que sólo necesitan amor, el amor no tiene valor, el valor está en  la maravilla de pasar una vida entera con estos pequeños. Cada día mi admiración crecía, cuando en el bus que nos trasladaba cuando ponían la canción de la hermandad, la canción que identificaba la ruta.

… Tal vez mis recuerdos se entrecruzan, sólo me percato de que mis hermanos colombianos y ecuatorianos por cada pizca de felicidad compartidos en mis 40 días de aventura significan mucho para mí. No sé si los he mencionado a todos, no los he olvidado, de una cosa estén seguros los llevo en mi corazón, su comida, su gente, sus costumbres todo ya lo conocen en Huancayo.

Si escuchan alguna vez de “La chiva”, “La pampa mesa” “Con mucho gusto” “Mande” “A la orden” “Mueve”… cada alusión propia de lenguaje popular de cada país, de la calidez de la gente Colombiana y Ecuatoriana, de sus universidades ello ha sido la voz no sólo mía, sino de todos los que hemos formado parte de esta Gran Ruta Inka 2009.

Sólo me queda una cosa por decir: Gracias por formar parte de mi aventura, por haberme delegado conocimientos de su historia no tengo palabras… Tengo muchos recuerdos de esta mi ruta, mi sorpresa Colombia y Ecuador: “Yo llegué al Santuario  del Joven Poderoso por las sendas del Qapaq Ñam, guiada por la fuerza de mi INTI, LA WAYRA Y LA PACHAMAMA…”sin duda alguna. Tengo un compromiso y se lo debo a Colombia y Ecuador… pues no paro de hablar de esta experiencia, creo que hay que destacar la ilusión que se pone en este proyecto de embajada cultural y hermandad.

No hay día que no deje de soñar con esta vivencia, incluso ahora que ya he vuelto a  mi otra casa…

Esos días maravillosos lejos quizás de mi familia, mi comida, mi cama; me han dado mucho. Ahora mi hogar se ha convertido en mi  compañero de diálogos, sabe lo que pienso, lo que sueño, es mi cómplice en lo que anhelo. Me dan ese confort, abrigo, que Colombia y Ecuador me lo han dado, mis países hermanos, mi familia, mis amigos con distintas nacionalidades son ya parte mía: Argentina, Brasil, Bolivia, Colombia, Chile, Ecuador, Costa Rica, Nicaragua, Paraguay, Polonia, España, Reino Unido, Bélgica…, la seguridad y las fuerzas naturales del Inti y la Pachamama harán que las próximas versiones de esta ruta, traigan a otros jóvenes con las mismas aspiraciones, revalorar la cultura de los pueblos andinos nuestros pueblos andinos.

40 días hemos estado hospedados en frentes militares, centros arqueológico; hemos dormido en la intemperie, hemos comido en cuarteles cuán conscriptos, hemos viajado mucho, firmado autógrafos como si fuéramos estrellas, sin serlo, hemos jugado con niños, los hemos amado por instantes, nos han hecho volver a nuestras épocas hemos actuado cuán niños que reviven su infancia, hemos comido mucho casi hasta explotar, hemos bailado la guaneña entre otras maravillosas danzas… hasta que los pies nos duelan de placeres, hemos cantado himnos que no eran nuestros, pero como si lo fueran, hemos madrugado para ir a visitar muchos lugares.

Hemos estado incomunicados de nuestros países en algunas oportunidades, hemos estado en cuarentena debido a la pandemia de la influenza AH1N1, finalmente salimos airosos de aquella situación muy apretada. Hemos caminado mucho para conocer maravillas, hemos viajado por varias horas y horas bajo el Tayta Inti, a temperaturas donde la Wayra nos ha dado la bienvenida, también hemos posado ante cámaras, la prensa siendo entrevistados, por los medios de comunicación… También hemos derramado lágrimas en la despedida con nuestros hermanos, hemos intercambiado nuestras cosas más valiosas, cuán reliquias… Recibido rituales con chamanes, hemos tenido muchas aventuras… Hoy repercute en mi ser una voz, el legado histórico, mis dioses andinos me llaman… me invitan a formar parte de muchas aventuras, revalorar mi cultura andina. Yendo por mi Qapaq Ñam. Es ahora… Ya me voy, ya me voy… Ruta Inka…

Yo llegaré… La Ruta Inka nos llama…

¿Qué esperamos? Empezar a alistar maletas, pues “Yo llegué al Santuario  del Joven Poderoso por las sendas del Qapaq Ñam, guiada por las fuerzas de mi INTI, mi WAYRA Y mi PACHAMAMA…” Oyendo las voces de mi Ruta Inka…

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Pensamientos de un rutero- José Saavedra (Chile)

El 11 de agosto del 2009 un grupo de expedicionarios provenientes de distintos rincones del planeta llegaba finalmente a su destino propuesto: El Castillo de Ingapirka, Santuario del Joven Poderoso en Ecuador.

Se alzaba frente a nuestros ojos un importante símbolo arqueológico que representa la grandeza del Imperio Inca. Entre los expedicionarios estaba yo, observando con ojos tristes el desenlace de nuestro viaje, triste porque me había acostumbrado al estilo de vida que llevaba por semanas, a la gente, al olor, al sabor de los platos. No quería separarme de aquella tierra por eso una parte mía se quebraba. Por otra parte estaba satisfecho, feliz, y por sobre todo vivo. Después de 40 días de travesía, dentro de cada uno de los expedicionarios, un importante ciclo se estaba cerrando.  Una parte de mi corazón me iban sacando cada vez que me despedía de cada uno de mis camaradas. Aquellas seis semanas de viaje habían dejado una huella especial dentro de mí.

Sentado en el avión voy rumbo a los Estados Unidos: el actual imperio de nuestro presente siglo. Es de noche y veo una enorme luz incandescente, una ciudad que no duerme, en pocas horas estaré pisando la tierra de Obama por primera vez. Creo que una persona se sentiría de la misma forma, hace siglos atrás, si estuviera ad portas del Imperio Inca. Acomodo mi cabeza en el asiento y trato de recordar el momento vivido no hace muchos días, aquellos días cuando caminaba por las montañas, por las playas y por la selva con aquel grupo especial de expedicionarios.

La universidad me recibía con lujos, una limosina me fue a buscar al aeropuerto en Filadelfia. Mirando por la ventana de la limosina pensaba que hace tres días atrás estaba caminando en el medio de los Andes, comiendo cuy, papas y choclo. Aquí me recibían con hamburguesas, papas fritas y Coca-Cola. Ahora me adentraba en un mundo lleno de lujos, en el país más automatizado del planeta, donde ni si quiera puedo tirar la cadena del baño porque un detector láser mucho antes ya ha calculado mediante un algoritmo computacional  que es momento de tirarla. Es mi primer día en Estados Unidos. Me muestran mi cuarto, una cama cómoda, aire acondicionado y wi-fi.  Dejo mi pesado equipaje, me recuesto por un rato en mi nueva cama y miro al cielo, me levanto nuevamente, voy al baño y me preparo para tomar mi primera ducha, el agua sale de inmediato caliente. Recuerdo cuando tomaba mis duchas en Pasto, ese fluido gélido que me pasaba por la espalda, que me hacía recordar que estaba vivo, recuerdo que me bañaba por partes. Primero me mojaba entero, luego me enjabonaba y me echaba un poco de shampoo. La segunda parte era más dura ya que comprendía la sección del enjuagado. Ahora estaba en una ducha con agua caliente. El vapor de agua hace ver todo difuso, cierro los ojos y pienso lo que estaba haciendo unos pocos días atrás, veo las caras de mis amigos, mi gente, las risas y los gritos de alegría.

Cuando los músculos de las piernas están a punto de decir basta, en ese instante en que sientes que la cabeza te va a estallar y el camino continua, sigue y sigue, después de pensar que la cima estaba a la vuelta de una roca aparece otra pendiente más empinada. Inspiras, expiras, miras a tu alrededor, ves a tus amigos que están en las mismas condiciones tuyas. Tomas la mano de uno de ellos, la lluvia ha mojado toda tu ropa, el frío comienza a pegarte más fuerte. En un instante pierdes el equilibrio y resbalas. Durante la caída, mientras vas en el aire, te vas preguntando qué estabas pensando en el instante que decidiste unirte a la Ruta. La falta de oxígeno te hace pensar en forma difusa, bits de información se pierden en tu cerebro. El frío te ataca provocando la perdida de ciertos sentidos. La puna de a poco comienza a llevarte a los brazos de Morfeo. El hambre comienza hacerte ver a tus amigos como futura comida. En esos instantes es cuando estas verdaderamente viviendo la Ruta Inka. En esos momentos extremos es cuando tu cabeza comienza verdaderamente a trabajar y a darse cuenta que es lo que hay a tu alrededor y lo frágiles que somos en este medio.  En muchos instantes uno pierde el sentido del viaje, como en muchos instantes de nuestras vidas, el por qué y el para qué se esfuman.

Mientras voy semi-moribundo caminando por aquellos parajes andinos, un indígena pasa por mi lado. Me mira y sonríe. Mi ignorancia geográfica me había llegado hacer creer que por el solo hecho de estar en el medio del globo, el clima en Colombia y Ecuador iba a ser tropical. Mi equipaje constaba de sandalias, camisetas manga corta, bermudas, y protector solar. Grande fue mi error, y me vine a dar cuenta a cuatro mil metros de altura.

‘Cuanto falta’ -preguntaba con voz quejumbrosa.

‘Cinco minutos , cinco minutos’ –me respondía el guía.

Sabía que no eran cinco minutos. Aprendí a multiplicar cualquier número que me daban por un factor mínimo del triple. Por la falta de oxígeno, mi cerebro me hacía decirme para mis adentros: ‘Apenas bajemos tomaré mis cosas y me iré.’ Esa frase me la repetí un par de veces, sin embargo,  mientras iba avanzando en mi viaje y pasaba por Pastos, San Felipe Bajo, San Felipe Alto, Tangua, Tulcán, Ibarra, Quito, Manta, Puyo, Cotopaxi, Cuenca…esa frase desapareció.

¿Qué diría la mayoría de la gente con respecto al proyecto Ruta Inka y lo que verdaderamente hacemos durante esos cuarenta días? ¿Cuáles son las cosas grandiosas que estos expedicionarios pueden llegar a hacer? ¿Cuál es el verdadero motivo que mueve a esta organización que crece cada año?

Con la mano en el corazón tendría que decirle a toda esa gente que verdaderamente no sé la respuesta. Sólo sé que estuve ahí muy poco, casi nada, compartiendo con la gente el día a día. Riendo, jugando con una pelotita de plástico en la plaza de Quito con los niños y no tan niños, cantando con la gente, conversando con ciegos, con pordioseros, con prostitutas, compartiendo reuniones con alcaldes, académicos, ancianos, reinas de pueblitos desconocidos. Hablando un sinfín de tópicos desde astrofísica de galaxias hasta como cocinar mejor un huevo.  Mi presencia que no es mucho decir, interactuó en un sinfín de escenarios. Pecaría de mentiroso si dijera que fui a luchar por la justicia, hice esto o esto otro, eso es mentira, solo fui un mero espectador la mayor parte de mi tiempo. Si leemos la mayoría de las crónicas notaremos que la mayoría de nosotros expresamos lo que vimos, lo que sentimos, pero no lo que dimos, porque fue muy poco en comparación con lo que recibimos. Si miramos la acción de cada expedicionario en forma reduccionista veríamos que no se hace mucho en estos tipos de expediciones. Mucho menos se ven los resultados a corto plazo. Los grandes cambios en los pueblos no ocurren de la noche a la mañana, son pequeñas acciones que suman y generan los grandes cambios.

Ruta Inka es como un barco que va en el mar. Es un barco con una tripulación alegre, que canta día y noche. Ríe y llora. Salta y baila. Aquel barco produce pequeñas olitas, las cuales van viajando y moviendo otras embarcaciones. Esas olitas se generan gracias a la sumatoria de todas las personalidades de los expedicionarios. Cada contacto con las personas en cada pueblo, se agregan a esa sumatoria, cada conversación con  un niño, un anciano o un adulto contribuyen a formar mas olitas que mueven vidas, que las cambian, que las hacen ver que el mundo allá afuera es grande y que ellos también son parte de esto.

Somos mucho más que un puñado de jóvenes que van a turistear. Es muy diferente, un turista es un ser que sale de su lugar de origen a descansar y va a otro parecido pero con piscina, el turista teme de salir de su zona de confort, el turista no se levantaría a subir un cerro a las cinco y media de la mañana sin sentido alguno. Bueno, sin sentido para el turista. El expedicionario da mucho más pero tampoco es un ser milagroso, el expedicionario absorbe información, aprende y de vez en cuando enseña. De eso estoy seguro porque lo viví. El rutero es un personaje especial, es un ser que es sacado de su medio ambiente generalmente de ciudad, de Internet,  congestión vehicular, comida chatarra y puesto en el medio de lugares muchas veces inhóspitos. Son jóvenes especiales con grandes cualidades. No existían conversaciones superficiales en los largos trayectos en bus. El mundo entero estaba representado en este grupo. Y este grupo se reúne cada año para luchar en pos de los eternos postergados. Esa sensación que sentía cuando se bailaban expresiones Incas, retrodecer al pasado y encontrarte con la otra mitad. La mirada del soldado, la del indígena, la de los shamanes, aún me rondan por la cabeza. Me parece que el tiempo vivido fue solo un sueño, de esos sueños donde uno no quiere despertarse.

Ruta Inka es un proyecto noble que rompe los esquemas comunes y aporta en demasía al proceso de entendimiento internacional, realizando un intercambio cultural de calidad. Acerca a la gente, de cara a cara, de piel a piel. Una difusión y herencia cultural única. Entre nosotros hay futuros líderes en todas las áreas del conocimiento (economía, ciencias físicas, artes, deporte, historia) los cuales han absorbido como esponja todas las experiencias vividas en Colombia y Ecuador.  En un futuro no muy lejano, en el instante en que ellos tengan que tomar grandes decisiones, ellos tomarán en consideración todos estos recuerdos y experiencias. La educación tradicional falla en vincular estas problemáticas, es por esto la importancia de estos proyectos donde se involucran a jóvenes de todos los rincones del planeta tierra.

¿Qué sería mejor un líder con la mente cerrada y sin que haya pasado por estas experiencias o alguien que lleve dentro de su corazón la imagen innata de Latinoamérica y el indígena? Son historias privadas, secretas, íntimas las que verdaderamente cambian la historia.

En pleno auge de la ciencia y la tecnología, en donde el conocimiento aumenta en forma exponencial y las distancias se acortan, los seres humanos irónicamente nos convertimos en entes más individualistas, homogéneos y fríos. Tenemos la posibilidad de  hablar, vía Skype, con nuestro amigo de Eslovaquia  o utilizar Google Earth para observar cualquier rincón del planeta… pero desde lejos, desde fotos tomadas a cientos de kilómetros desde un satélite. Una unión virtual, sin sensaciones, sin olores, sin escuchar las historias escondidas de alguna aldea indígena o los cuentos de los niños de una ciudad del altiplano. Las tecnologías nos acercan pero solo hasta cierto límite, es imposible saberlo todo en esta vida, pero si es posible transformarse en una persona capaz de entenderlo todo.

Ruta Inka es Conocimiento.
Es aventura.
Es un reto.
Es cultura.
Es entender el pasado para construir el futuro.

A medida que los días pasaban se iba perdiendo el sentido de frontera. El olvido de nacionalidades y la convergencia en una meta común. Es en estos proyectos donde se genera un conocimiento multidisciplinario generando metas a corto y largo plazo. La interacción entre los expedicionarios y el pueblo contribuyen y realizan implícitamente un efecto multiplicador en el desarrollo de las naciones.

Vengo de Chile un país aislado por los Andes, el desierto de Atacama, la Patagonia y el vasto Oceano Pacifico. Viviendo entre cerros y mitos. Me he dirigido a ustedes para contarles en forma poco detallada quiénes somos y qué soñamos pero al mismo tiempo me aprovecho para enviar un mensaje a todos los jóvenes (semillas del futuro) para que se esfuercen en luchar por un futuro sustentable. Enmarcados en un ambiente internacional de grandes problemáticas globales (pandemias, problemas climáticos y económicos.) Los pueblos aborígenes, junto con la cultura incaica, nos enseñan desde su pasado, que el desarrollo, los avances, el crecimiento humano son atemporales. Con todas sus construcciones y tecnologías nos demuestran que la creatividad es única y nace de la mezcla del trabajo de nuestros cerebros y corazones.  Es tiempo de crear sociedades basadas en un conocimiento que tienda a un conocimiento integral y objetivo. Destruir los dogmas y las creencias dañinas y adaptarse a los nuevos tiempos.

Como dice José Ingenierios:  “La vida vale por el uso que de ella hacemos, por las obras que realizamos. No ha vivido más el que cuenta más años, sino el que ha sentido mejor un ideal”. Ruta Inka ayuda a vivir ese ideal.

Cada viajero tiene su estilo. Cada expedicionario presenta de alguna forma un paradigma. No creo en el destino, ni en dioses, ni en la Pacha Mama. Mentiría en mi crónica si escribiera palabras hermosas sin sentido con respecto a estas cosas, eso sería una falta de respeto, pero respeto las diferencias. Sólo creo en la fuerza del hombre y en sus sentimientos. Ése es mi estilo de vida. Esta es mi opinión muy personal, esto es lo que yo sentí. No todo lo que ves en Ruta Inka es lindo o feo, se viven distintos matices y experiencias que ayudan a crecer y a desarrollarse… quizás eso es lo que la haga verdaderamente valiosa esta experiencia. Ruta Inka es la vida misma.

“Latinoamérica: fractal del universo, punto de singularidad, verde, húmedo y cálido. Tierra de alturas, colores, aromas y pasiones. Eres oxígeno que masajea mis pulmones. Acurrucada en los brazos de Alfaro, Bolívar, San Martín y O´Higgings. Protegida por tus valientes soldados. Construida por los brazos del pueblo. Alimentada por los pechos blandos de nuestras mujeres. Rodeada de volcanes que nos acercan al cielo y al infierno. En el mar las ballenas te susurran al oído mil canciones. Te dicen que sueñes, que vivas, que sonrías, que sientas la energía de todos los que te aman y te llevan en el corazón. La energía de esta región que evoluciona y cambia. Creces y creces en la historia, en el tiempo, en mis sueños de viajero incansable. Dentro de una chiva voy, con los músicos, el platillo, los bombos, la trompeta y por los cerros. Al final sonrío y sigo mi camino.”